Me despierto con sensación de angustia vital…
¡Hay tantas cosas que nos evocan recuerdos¡ Por ejemplo los olores, sobre todo, cuando volvemos a respirarlos tras un largo periodo de tiempo. El jazmín a la casa de la abuela, el olor a limpio y a crema de las manos de mamá, los perfumes a la persona cercana a nosotros que más insistentemente los lleva, y el olor a naranjas me recuerda que esta cerca la Navidad.
Como los olores, también los zapatos evocan recuerdos, recuerdan años pasados, deseos cumplidos y oportunidades perdidas… ¿Alguna vez se han planteado que cada edad tiene un calzado?
Nací en 1.975 y de aquel entonces no recuerdo más que las fotos y la ropa que mi madre guarda de cuando era pequeña, entre ellos, los “PEUCOS” de ganchillo y las botitas de tela con la planta de piel suavísima. Y no hay más recuerdos.
Sin embargo cuando rememoro los veranos de algunos años más tarde, pienso en las “DEPORTIVAS”, con las que tenía que batallar para poder mantener los cordones abrochados. Aun hoy, doy gracias a mi hermano, por enseñarme con paciencia a hacerles el lazo: - Primero haces uno, luego otro y los atas, y si lo quieres más fuertes, lo vuelves a atar- ¡ Cómo me alegré cuando lo hice yo sola por primera vez!
¡Y mis “CHANCLAS” de goma! Aquellas que se cerraban con hebilla metálica (que se oxidaba) y que cuando te las quitabas se te quedaban del sol los pies como cebras… Aquel sol de Agosto que abrasaba, las chicharras, los olivos y las cepas, el suelo pedregoso, la piscina y la bici. Todos mis hermanos, los bocatas de longaniza, mirar todas las estrellas que nunca he vuelto a ver brillar de aquella manera tan nítida. (las luces de la ciudad no te dejan ver)
Realmente fui feliz, con esa felicidad que da el no saber que se posee. Muchos niños hemos sido felices de esa manera, otros no han tenido tanta suerte. Mis pies añoran aquellos veranos.
Los “MERCEDITAS”. A veces vuelvo a pensar en ellos, rígidos, de cuero, con una tira para abrochar la hebilla que cruzaba de un lado al otro del pie, o lo que es lo mismo: del cole, de los agujeros supletorios que tenia que hacerles mamá para poder abrocharlos con los calcetines gruesos de algodón blanco, de las ganas que tenia de poder llevar unos “merceditas de mas mayor” y de crecer. Vuelven a mí, otra vez, las meriendas con Barrio Sésamo, el circo y la feria en Navidad, la visita al kiosco después de misa, los Domingos y mis amigas del colegio: un regimiento de niñas uniformadas con los mismos zapatos. Seguía siendo feliz.
Empezaba a querer ser mayor, sin saber que allí me esperarían los problemas, las responsabilidades y las frustraciones de la vida adulta. Y por fin llegó el avance a mis pies; me sentía adulta con mis dos colas de caballo a cada lado de la cabeza y mis zapatos, sin darme cuenta de que la única modificación consistía en ser de charol y que la tira ya no cruzaba por delante del pie, para sujetar el zapato sino meramente adornaba, rodeando el tobillo. Pero mi dicha no duró mucho tiempo, por que entonces la inquietud por el tacón llegó. Pero aun tuve que esperar algún tiempo para llevar a la práctica mi deseo.
Mientras tanto, hube de conformarme con los “ZAPATONES de chico” como los llamaba mi padre. Los tuve azules, negros y granates con cordón y con lengüeta frontal que podía quitarse. “Hombres G”, las salidas por la tarde, los primeros vaqueros ajustados y el empezar a fumar a escondidas, mis primeros desengaños de amores platónicos, vienen de la mano de los zapatones, daba igual la época del año, siempre estaban conmigo, eran una prolongación a mi cuerpo. Las luchas interiores, la inseguridad y las dudas también están con ellos, al fin y al cabo era la adolescencia. ¡Los quise mucho y aun recuerdo su horma ancha y cómoda! Empezaba a conocer la vida adulta y empezaba también a desengañarme, quizá demasiado pronto. Aun así seguía queriendo ser mayor, quería hacer lo que me viniese en gana, sin saber que eso nunca es así, siempre algo o alguien nos dice como y cuando. No sabía a donde me llevarían mis pies. Pero visto con la perspectiva que da la distancia, también era feliz.
Poco después, aunque casi me da vergüenza reconocerlo, llegaron las “BOTAS” de Cowboy, con punta recortada y adornos como si fuesen estribos, y unas “CAMPERAS”, que eran de mi hermana, y como tal forman parte de su historia. Estaba empezando a ser adulta.
¡Ay!, Pero tanto esperé al tacón que cuando llegó, vino de la mano de las plataformas y de lo que en los setenta llamaban “TOPOLINOS”. Era el renacer del estilo hippie de los 60-70…Discotecas de Sábado a Domingo sin dormir, bailar y bailar, irresponsabilidades varias, y mi calzado como mi espíritu: Botas negras de símil piel, altas y ajustadas hasta la rodilla, zuecos en madera, que pesaban casi tanto como yo, botines y zapatillas de colores chillones, todo ello con plataformas de 10 a 15 cm. Nunca he sido mas alta, altísima, de vértigo, como el que sentía cuando no pensaba, cuando iba en contra de todos, incluso de mi misma, me sentía mayor, independiente y moderna.
Las vueltas que da la vida, creía ser feliz aunque ahora tengo mis dudas. Recuerdo aquel entonces y no lo recuerdo como especial. Hoy odio las plataformas porque me recuerdan los complejos, el querer y no poder de unos años mal aprovechados y el entrar con mal pie en la edad adulta.
¿Veis como se asocia un zapato a una vida? Si durante el tiempo que lo llevamos fuimos felices con nosotros mismos lo recordaremos como un gran calzado e incluso lo veremos bonito, cómodo o útil, aunque no lo fuese. Pero sigamos, aun queda historia…
Mas tarde mis zapatos y yo volvimos por el buen camino de la vida y empezamos a madurar. Llegaron las botas y los botines de cuero con tacón cubano, empecé a usar sandalias en verano, a tener un zapato para cada ocasión y a disfrutar de la vida. Si señores, digamos que el calzado me enseñó a vivir mejor o viceversa, que el vivir mejor me enseñó a disfrutar plenamente del calzado. ¡Que veranos! Disfrutando del sol, de los aperitivos-martini, de la comida, del mar, del monte, de la música, de la lectura. ¡Y que inviernos! Con la estufa, en casa, con la familia o con los amigos, hablando horas y horas, y dedicando tiempo a los hobbies, a la televisión, a descansar del trabajo, y allí, mis zuecos blancos, comodísimos, frescos en verano y unos calientes con felpa en invierno y al salir siempre otros zapatos me esperaban, según mi humor y mi ropa: zapatillas, sandalias, zapatos, botas, botines.
Tacones altos para los fines de semana o babuchas con formas de animales imposibles para estar por casa. Salía cuando me apetecía y hacia lo mismo con los zapatos. Era dueña de mi vida. Mi independencia y mi personalidad se veían reflejadas en el calzado.
Empezaban a llegar nuevas generaciones (la progenie de mis hermanos) repitiendo una a una las fases del calzado, pero con distintos zapatos … y pensaba: - ya he crecido, soy mayor y feliz -. Y créanme, lo era.
Pero todo en esta vida tiene su justa medida, y lo que empieza se acaba y lo que se usa mucho se acaba rompiendo. Ahora puntas planas u cuadradas y más tarde puntas infinitas y tacones finísimos. Y la obsesión casi enfermiza se ha hecho dueña de mis pies. Obsesión enfermiza le llamo a: Treinta pares de zapatos, tardar dos horas en limpiarlos y buscar y buscar el zapato perfecto: Arreglado pero informal, cómodo, con diseño pero no ostentoso. De tendencia eterna, es decir, siempre a la moda, elegante y que pegue con cualquier cosa. Pensando y esperando inconscientemente que te arregle la vida. No podemos pedirle todo eso. No debemos querer ser ni poseer lo que no somos ni tenemos a través del calzado. Proyectamos demasiadas cargas sobre él, sin darnos cuenta. Y no le podemos pedir, lo que ni siquiera nos pedimos a nosotros mismos. ¿Acaso nosotros somos elegantes siempre? No siempre depende de la ocasión. ¿Por casualidad, siempre estamos a gusto con nosotros mismos? Pues no, ¿Verdad? Depende de las circunstancias de la vida y del momento. Y así debe ser, por que no hay una persona en el mundo capaz de sentir todo lo susceptible de sentir en un solo momento, como tampoco hay un solo zapato que pueda reunir todas las características habidas y por haber.
Cada ocasión tiene un zapato y cada zapato una ocasión, no los mezclemos.
A veces me despierto oyendo el taconeo de pasos acelerados que se alejan de mi cabeza según voy abriendo los ojos. Huyendo, otra vez más. Me despierto con sensación de angustia vital…y pienso que dejé atrás de mi pasado sin realizar."
M.F. Gallardo

No hay comentarios:
Publicar un comentario