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19 marzo, 2012

LA PRÓXIMA VEZ.


Sigues llamándote así? ahora me doy cuenta de todas las cosas que antes ignoraba, el vacío que me rodea desde que te marchaste se hace más y más grande. A menudo, cuando la soledad puede con mis días, contemplo el cielo y después la tierra, con la viva impresión de que tú estás en alguna parte. Y así ha sido durante todo este tiempo, aunque ya no pudiéramos vernos ni oirnos. Incluso podríamos haber pasado el uno frente al otro sin que nos reconociéramos.


Desde el día de tu partida no he dejado de leer, ni de visitar lugares donde poder encontrarte, o donde hallar algún modo de comprender. Y a medida que la vida ha ido pasando sus páginas, me he dado cuenta de que la posibilidad de entender lo que pasó se alejaba de mí, como en aquellas pesadillas donde cada paso hacia delante te hace retroceder.

Ahora me toca a mí pedirte una cosa, sin duda me lo debes. No, olvídalo, en la amistad nunca se debe nada, pero he aquí mi petición:

Dile... dile que, en algún lugar sobre la tierra, lejos de vosotros y de vuestro tiempo, yo recorrí las mismas calles, me reí contigo, sentados a las mismas mesas. Dile que cada una de aquéllas piedras eternas en las que hemos puesto las manos y las miradas conservarán para siempre una parte de nuestra historia.



MARC LEVY

09 julio, 2009

Elogio a la Locura


Capítulo XV


Pero ¿por qué hablo tanto de los mortales? Examinad el cielo todo e insúlteme quienquiera si encuentra en alguno de los dioses, fuera de lo que deben a mi poder, algo que no sea áspero y desdeñable. ¿Por qué Baco ha sido siempre efebo y le ha adornado poblada cabellera? Porque, insensato y borracho, se ha pasado la vida entera en banquetes, danzas, cantos y diversiones, sin tener nunca el menor trato con Palas. Por ello está tan lejos de querer ser tenido por sabio, que goza con que se le honre por medio de burlas y farsas y no se ofende por aquel dicho que le atribuye el dictado de necio cuando afirma que «tiene aún más de necio que de pintarrajeado». Precisamente le dieron este último título por la licencia que acostumbraban a tomarse los vendimiadores de embadurnar con mosto e higos nuevos la estatua sedente del dios colocada en la puerta de su templo. Y la antigua comedia, ¿acaso dice algo de él que no suene a vituperio? «¡Oh estúpido dios -dicen- y digno de nacer del muslo de Júpiter!»
Pero ¿quién no preferiría ser necio e insulso como éste y estar siempre de fiestas, siempre joven, siempre pródigo en diversiones y placeres para todo el mundo, a ser como ese taimado Júpiter, que infunde temor a todos, o como Pan, que con sus tumultos pánicos todo lo confunde, o como el tiznado Vulcano, siempre sucio del trabajo de su taller, o como la misma Palas, a la que hacen terrible su lanza y el escudo con la Gorgona, y cuya mirada siempre es hiriente?
¿Por qué es siempre niño Cupido? ¿Por qué, sino por ser un bromista y no hacer ni pensar nada a derechas? ¿Por qué la áurea Venus conserva constantemente la belleza? Sin duda porque tiene conmigo parentesco, de lo que viene que su rostro tenga color parecido al de mi padre y por tal razón Homero la llama «dorada Afrodita». Además está sonriendo de continuo, si hemos de creer sólo en esto a los poetas y a sus émulos los estatuarios. ¿A qué dios dieron culto con mayor piedad los romanos que a Flora, madre de todas las voluptuosidades?
Sin embargo, si alguien consulta atentamente en Homero y en los demás poetas la vida de los dioses severos, la encontrará llena de estulticia por entero. ¿Vale la pena recordar las hazañas de los restantes, cuando tan bien conocéis los amores y frivolidades del mismo Júpiter fulminador, o como la severa Diana, olvidada del pudor del sexo, no iba a la caza de otra cosa que de Endimión, por quién se moría? Prefiero, empero, que los dioses oigan a Momo reprochar sus bellaquerías, ya que de él es de quien antaño las oían con frecuencia.
De ahí viene que, indignados, le precipitasen a la Tierra, junto con Até, porque con su sabiduría resultaba importuno para la felicidad de aquéllos. Ningún mortal ha querido desde entonces dar hospitalidad al desterrado, y nada sería más difícil que encontrársela en los palacios de los príncipes. En éstos, precisamente, está en el candelero mi compañera la Adulación, la cual no convive mejor con Momo que el cordero con el lobo. Así los dioses, libres de él, se divirtieron con mayor licencia y placer, y, carentes de censor, hicieron realmente, según dice Homero, «lo que les pareció mejor».
¿Qué entretenimientos no ofrece aquel Príapo de higuera? ¿Qué diversión no producen los hurtos y mixtificaciones de Mercurio? Y el propio Vulcano acostumbra hacer de bufón en los convivios de los dioses, no sólo con su cojera, sino también con sus ocurrencias y sus ridículos dichos que desternillan de risa a la partida de bebedores. Y también Sileno, aquel viejo enamorado que suele bailar el «córdax» con Polifemo al son de la lira, mientras las ninfas danzan la «gymnopaidía»; los sátiros semicaprinos representan las «atelanas»; Pan, con alguna estúpida cancioncilla, hace reír a todo el mundo, puesto que la prefieren a escuchar el canto de las musas, sobre todo cuando el vino ha empezado a empaparles. ¿Hará falta que recuerde las cosas que hacen los dioses cuando están bien bebidos? Son, por Hércules, tan estúpidas que, yo misma a veces no puedo contener la risa. Pero mejor será acordarse de Harpócrates a este propósito, no sea que nos escuche algún Dios fisgón explicar estas mismas cosas que no le fueron permitidas a Momo.


Erasmo de Rotterdam

12 mayo, 2009

El arte de Amargarse la vida




SI ALGUIEN ME QUIERE, NO ESTÁ EN SU CABAL JUICIO



Ya que hablamos de amor, empecemos por una advertencia importante. Dostoievski
decía que el texto bíblico «ama a tu prójimo como a ti mismo» seguramente ha de
entenderse al revés, es decir, que sólo se puede amar al prójimo cuando uno se ama a sí
mismo.
Con menos elegancia, pero, en cambio, con más precisión, Marx (Groucho, no Karl)
expresó la misma idea decenios más tarde: «Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de
un club que estuviese dispuesto a aceptarme como tal.» Si usted se toma la molestia de
sondear la hondura de este chiste, ya puede considerarse preparado para lo que sigue.
En todo caso, ser amado es algo enigmático. Investigar para poner en claro el asunto,
no es aconsejable. En el mejor de los casos, el otro no sabrá qué decirle; en el peor de los
casos, resultará que su motivo es algo que usted mismo hasta el momento no había tenido
nunca como su cualidad más agraciada; por ejemplo, un lunar en su hombro izquierdo.
Otra vez y sin lugar a dudas, callar es oro.
Ya empieza a verse más claro lo que de aquí puede aprenderse para nuestro tema.
No acepte simplemente agradecido lo que la vida le ofrece por medio de su consorte
(que sin duda también merece su amor). Cavile. Pregúntese en secreto —no a su
consorte— por qué será. Pues éste, evidentemente, habrá hecho sus pensamientos se-
cretos al respecto. Y por cierto no se los va a revelar.
Personalidades esencialmente más importantes que yo se han afanado inútilmente
por desentrañar esta paradoja del amor humano y sobre el amor humano se basan
algunas de las creaciones más famosas de la literatura universal. Fijémonos en la frase
siguiente de una carta de Rousseau a Madame d'Houdetot: «Si Vos llegáis a ser mía,
voy a perderos, precisamente porque luego os poseeré, a Vos, a quien adoro.» Puede
que sea útil leer la frase otra vez. Lo que parece que Rousseau quiere decir es: el que
se me entrega, por esto mismo ya no es apto para seguir siendo el prototipo de mi
amor. (Este concepto aparentemente exaltado es de uso corriente en un conocido
país meridional, en donde el amante, convencido de su pasión, asalta a su adorada
para que le conceda su amor, y, tan pronto como ella se deja conquistar, la desprecia, pues
una mujer decente nunca habría hecho «esto». En el mismo país rige también el principio -
está claro, nunca reconocido oficialmente— de que todas las mujeres son putas, excepto mi
madre -ella fue una santa-. Es evidente, con la madre, «esto», naturalmente, no iría.)
En su obra famosa, El ser y la nada, Jean-Paul Sartre define el amor como un intento
vano de poseer una libertad como libertad. Sobre esto explica (19, pág. 434):
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«Por otra parte, (el amante) no se daría por satisfecho con esta forma eminente de
libertad que consiste en el compromiso libre y voluntario. ¿Quién se contentaría con un
amor que se diese como pura fidelidad a la fe jurada? ¿Quién aceptaría que le dijesen: «te
amo, porque me he comprometido libremente a amarte y no quiero faltar a mi palabra; te
amo por fidelidad a mí mismo»? De este modo, el amante pide el juramento y se irrita por
el juramento. Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como libertad,
ya no sea más libre.»
Más detalles sobre estas extrañas e insolubles complicaciones del amor (y de muchas
otras formas de conducta aparentemente irracional) los encontrará el lector interesado en el
libro Uíysses and tht Sirens (2) del filósofo noruego Jon Elster. Pero para cubrir las
necesidades del principiante, seguramente ya basta con lo dicho. Aun cuando no sea
capaz de lograr la maestría de los Grouchos Marx de este mundo, no por esto necesita
relegarse permanentemente a un bajo nivel de habilidad. El requerimiento clave es su
falta de convencimiento de ser digno del amor de los demás. Con esto, por de pronto, ya
se desacredita todo aquel que quiere a alguien. Pues el que quiere a alguien que no
merece ser querido, no está en su cabal juicio. Defectos característicos como masoquismo,
apego neurótico a una madre castradora, fascinación morbosa por lo de calidad inferior y
otros motivos de esta especie serían las explicaciones del amor del hombre o de la mujer
en cuestión y, por lo mismo, harían su amor insoportable. (Para escoger el diagnóstico más
satisfactorio se precisan unos ciertos conocimientos de psicología o al menos haber
participado en sesiones de grupos de encuentro.)
Y así se descubre la mezquindad no sólo del ser amado, sino también del amante y
hasta del mismo amor. ¿Qué más se puede pedir? De todos los autores que conozco,
Laing en sus Knots es el que mejor ha expuesto este dilema, por esto cito textualmente sus
palabras (9, pág. 18):
«No me aprecio a mí mismo.
No puedo apreciar a nadie que me aprecie.
Sólo puedo apreciar al que no me aprecia.
Aprecio a Jack,
porque no me aprecia.
Desprecio a Tom
porque no me desprecia.
Sólo una persona despreciable
puede apreciar a alguien
tan despreciable como yo.
No puedo querer a nadie
a quien yo desprecie.
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Como quiero a Jack
no puedo creer que él me quiera.
¿Cómo puede demostrármelo?»
Sólo a primera vista parece esto absurdo, pues las complicaciones que comporta este
punto de vista son clarísimas. Ello no tendría que desanimar a nadie; o como dice
Shakespeare en uno de sus sonetos: «Esto lo saben todos; pero no saben cómo huir del
cielo, que atrae este infierno.» Lo más práctico, en definitiva, es enamorarse deses-
peradamente de una persona casada, de un cura, de una estrella de cine o de una cantante
de ópera. De este modo, uno viaja lleno de esperanza sin llegar nunca. Y, además, se ahorra
la desilusión de tener que comprobar que el otro a lo mejor está dispuesto a aceptar la
relación, con lo que inmediatamente se convertiría en inatractivo.



EPILOGO


La regla fundamental que dice que el juego no es ningún juego, sino algo
tremendamente serio, hace que la vida sea un juego sin fin, que sólo la muerte
acaba. Si esto ya resulta bastante paradójico, aquí tenemos una segunda paradoja: la
única regla que podría poner fin a este juego tan serio no es ni siquiera una regla
de este juego. Tiene varios nombres que en el fondo significan lo mismo: honradez,
confianza, tolerancia.
Como canta el abad, responde el sacristán. Ya lo sabemos de cuando éramos
niños. Y también comprendemos que debe ser así; pero sólo hay unos pocos felices
que lo crean. Si lo creyéramos, también sabríamos que no sólo somos los creadores de
nuestra desdicha, sino que del mismo modo podríamos crear nuestra felicidad.
Este libro empezó con Dostoievski, y tiene que finalizar con él. En los Demonios,
dice uno de los personajes más enigmáticos que Dostoievski jamás creara: «Todo es
bueno..., todo. El hombre es desdichado, porque no sabe que sea dichoso. Sólo por esto. ¡Esto
es todo, todo! Quien lo reconozca, será feliz en el acto, en el mismo instante...» Tan
desesperadamente simple es la solución.


22 abril, 2009

Memorias de 2 jovenes recien casadas


(...)Ya estoy libre como tu, amiga mía!

Aunque no me hayas escrito a Blois, voy a ser la 1ª en rendir tributo a nuestras largas confindencias (...)

(...)

En estos ultimos quince días he callado tantas palabras, he guardado en mi corazón tantos pensamientos y guardo taol número de hechos y de cosas observadas, q solo a tí puedo contar, que no dudo recurrir a confindencias escritas a falta de nuestras conversaciones(...)


(...) ¿Cuando puede ser engañada una mujer?- pregunté a miss Griffith, al terminar la lectura del Adolfo.

-Cuando ama- respondió la institutriz

Dime pues Reneé ¿Luego un hombre podrá engañarnos? (...)


04 abril, 2009

De Jota a Ana y de Paso


24 de Octubre 2006 ...De Jota a Ana

Ayer rebuscando entre cajas llenas de papeles viejos, encontré la foto que nos hicimos con Dylan en Sevilla. ¿Te acuerdas?. Menuda cara de susto tiene el tío, casi igual que la nuestra. Le debimos pillar en un momento tonto. A lo mejor se dejó hacer la foto por ti. Siempre dije que te parecías a Sara Lownds . Le traerías recuerdos .
Hace tiempo que no cojo una guitarra. La verdad es que hace tiempo que no hago absolutamente nada provechoso. Antes esta situación era un filón para componer, ahora me supera. No creo que salga de esta.
¿Que estás escuchando ahora? Aquí solo quedaron los vinilos que dejaste cuando te fuiste. Casi no compro CD’s, hay pocas cosas nuevas que me gusten. Ahora escucho mucho country alternativo y country rock. ¡Quien lo iba a decir! Cada vez me parezco mas a Marty May, el protagonista del libro de Elliott Murphy. Habrá que solucionarlo. Los “loosers” estan bien para las canciones tristes y las películas, no para vivir.
De ti se lo que me cuentan los chicos. Que estuviste grabando maquetas con Tom y Ramón. Actriz, cantante...uffff. Espero que tengas suerte. No he escuchado nada, pero me gustará.
Sigues siendo mi chica favorita, aunque no te pongas al teléfono. Por lo menos responde a los correos, coño, aunque sea por caridad cristiana. Mi salud mental depende de eso, mas de lo que imaginas.
Estuve viendo a Manu. Está un poco jodidillo. No va nadie a visitarle. Podrías acercarte un día, te adora y le vendría bien verte.
Te escribo mas tarde que me llaman por telefono. Ciao, un beso.

20 de Octubre 2006 ...De paso

Los trenes de medianoche están llenos de gente muerta. También los autobuses nocturnos y los taxis. Creo que los cines y los bares se llenan a menudo, pero yo ya no voy.Las guitarras lloran notas humedas, como de pena. Con sabor a hierro y limón. Pero yo ya no toco la guitarra.
Los niños de mi barrio tienen los ojos opacos, muy abiertos pero opacos, yo adoraba a esos niños pero ahora me dan miedo.
Los amantes se siguen besando en los asientos de atrás de los vagones del metro. No saben que están soñando, creen que son felices. Yo ya no sueño. Ya no duermo.
Me gusta escuchar a Tom Waits. Es uno de los pocos que saben la verdad. Yo también la se, pero casi no me acuerdo. Un día vi como un niño de cuatro años le decía a su hermano de meses: -Dime cómo es Dios que se me está olvidando-. Me quedé hecho polvo, ...así que era eso. Pero yo ya no creo, porque ya casi no me acuerdo.
Las viviendas son nichos. Yo ahora vivo bajo un puente, es mas seguro. La pintura es un buen analgésico, igual que el mar o montar en moto. Pero casi nadie pinta.
No sonrío casi nunca. Tampoco estoy serio. De vez en cuando hay que recordar cómo se hacen las cosas mas sencillas. Mi vecina va a tener una niña. Es lo mejor que va a ocurrir en el mundo en estos días. Llevo esperándolo desde antes de conocerla, pero nadie me cree. En el colegio soñaba con esa niña, incluso dibujaba su cara en los libros. Tambien jugaba al fútbol y aprendía cosas que no me sirvieron de mucho, salvo para tener cierta cultura general. También era un buen portero, pero me gustaba jugar de líbero. Así se decía antes. Yo jugaba bonito, como Redondo, pero no era tan bueno. Raul juega feo. Nunca me gustó. Yo soy del atleti, pero de momento no tengo nada que decir al respecto.Las carreteras son cada vez mas feas. Todas iguales, sin personalidad. Me gusta viajar en moto, pero ya no tengo moto.
Los policías de tráfico son como electrodomésticos y los municipales son los peores. Puedo tener una conversación mas inteligente con mi lavadora que con cualquier cretino uniformado.
A veces la lluvia se queda parada. Las gotas no se mueven del sitio. La gente no lo nota porque la gente va muy deprisa. Sólo los vagabundos y los gatos se dan cuenta. Ni siquiera los perros lo saben. Los gatos beben agua de lluvia, porque es fácil. Yo también lo hago. Cuando duermo estoy muerto. Al despertar nazco y estan traumático como en un parto. Prefiero dormir.
Odio lo de vivir deprisa. Prefiero vivir lento y morir deprisa.


03 abril, 2009

El león, la zorra y el ciervo



Habiéndose enfermado el león, se tumbó en una cueva, diciéndole a la zorra, a la que estimaba mucho y con quien tenía muy buena amistad:

- Si quieres ayudarme a curarme y que siga vivo, seduce con tu astucia al ciervo y tráelo aca, pues estoy antojado de sus carnes.

Salió la zorra a cumplir el cometido, y encontró al ciervo saltando feliz en la selva. Se le acercó saludándole amablemente y le dijo:

- Vengo a darte una excelente noticia. Como sabes, el león, nuestro rey, es mi vecino; pero resulta que ha enfermado y está muy grave. Me preguntaba qué animal podría sustituirlo como rey después de su muerte.

Y me comentaba: "el jabalí no, pues no es muy inteligente; el oso es muy torpe; la pantera muy temperamental; el tigre es un fanfarrón; creo que el ciervo es el más digno de reinar, pues es esbelto, de larga vida, y temido por las serpientes por sus cuernos." Pero para qué te cuento más, está decidido que serás el rey.

¿Y que me darás por habértelo anunciado de primero? Contéstame, que tengo prisa y temo que me llame, pues yo soy su consejero. Pero si quieres oír a un experimentado, te aconsejo que me sigas y acompañes fielmente al león hasta su muerte.

Terminó de hablar la zorra, y el ciervo, lleno de vanidad con aquellas palabras, caminó decidido a la cueva sin sospechar lo que ocurriría.

Al verlo, el león se le abalanzó, pero sólo logró rasparle las orejas. El ciervo, asustado, huyó velozmente hacia el bosque.

La zorra se golpeaba sus patas al ver perdida su partida. Y el león lanzaba fuertes gritos, estimulado por su hambre y la pena. Suplicó a la zorra que lo intentara de nuevo. Y dijo la zorra:

- Es algo penoso y difícil, pero lo intentaré.

Salió de la cueva y siguió las huellas del ciervo hasta encontrarlo reponiendo sus fuerzas.

Viéndola el ciervo, encolerizado y listo para atacarla, le dijo:

¡Zorra miserable, no vengas a engañarme! ¡Si das un paso más, cuéntate como muerta! Busca a otros que no sepan de tí, háblales bonito y súbeles los humos prometiéndoles el trono, pero ya no más a mí.

Mas la astuta zorra le replicó:

-Pero señor ciervo, no seas tan flojo y cobarde. No desconfíes de nosotros que somos tus amigos. El león, al tomar tu oreja, sólo quería decirte en secreto sus consejos e instrucciones de cómo gobernar, y tú ni siquiera tienes paciencia para un simple arañazo de un viejo enfermo. Ahora está furioso contra tí y está pensando en hacer rey al intrépido lobo. ¡Pobre!, ¡todo lo que sufre por ser el amo! Ven conmigo, que nada tienes que temer, pero eso sí, sé humilde como un cordero. Te juro por toda esta selva que no debes temer nada del león. Y en cuanto a mí, sólo pretendo servirte.

Y engañado de nuevo, salió el ciervo hacia la cueva. No había más que entrado, cuando ya el león vio plenamente saciado su antojo, procurando no dejar ni recuerdo del ciervo. Sin embargo cayó el corazón al suelo, y lo tomó la zorra a escondidas, como pago a sus gestiones. Y el león buscando el faltante corazón preguntó a la zorra por él. Le contestó la zorra:

- Ese ciervo ingenuo no tenía corazón, ni lo busques. ¿Qué clase de corazón podría tener un ciervo que vino dos veces a la casa y a las garras del león?




Moraleja: Nunca permitas que el ansia de honores perturben tu buen juicio, para que no seas atrapado por el peligro.


ESOPO

02 abril, 2009

El Arte de Amar


"El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte como es un arte el vivir. Si deseamos aprender a amar debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería.
¿Cuáles son los pasos necesarios para aprender cualquier arte? El proceso de aprender un arte puede dividirse convenientemente en dos parte: una, el dominio de la teoría; la otra, el dominio de la práctica. Si quiero aprender el arte de la medicina, primero debo conocer los hechos relativos al cuerpo humano y a las diversas enfermedades. Una vez adquirido todo ese conocimiento teórico, aún no soy en modo alguno competente en el arte de la medicina. Sólo llegaré a dominarlo después de mucha práctica, hasta que eventualmente los resultados de mi conocimiento teórico y los de mi práctica se fundan en uno, mi intuición, que es la esencia del dominio de cualquier arte. "




" En contraposición a la unión simbiótica, el amor maduro es ser-uno bajo la condición de conservar la propia integridad e independencia y, por ello, también la propia individualidad. El amor del hombre es una fuerza activa que derriba los muros por los que el hombre está separado de sus prójimos, y que los une con los otros. El amor le permite superar el sentimiento de aislamiento y separación, pero le permite también permanecer fiel a sí mismo y conservar su integridad, su ser-así. En el amor se da la paradoja de que dos seres llegan a ser uno y, sin embargo, siguen siendo dos... El amor es una actividad, y no un afecto pasivo. Se puede describir, de una forma muy general, con la afirmación de que el amor es, sobre todo, un dar y no un recibir. "




"Todos están sedientos de amor; ven innumerables películas basadas en historias de amor felices y desgraciadas, escuchan centenares de canciones triviales que hablan del amor, y, sin embargo, casi nadie piensa que hay algo que aprender acerca del amor.
Esa peculiar actitud se debe a varios factores que, individualmente o combinados, tienden a sustentarla. Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar. De ahí que para ellos el problema sea cómo lograr que se los ame, cómo ser dignos de amor. "




25 marzo, 2009

Cansancio



Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió —ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar— no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece —si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad— la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta —aún sabiendo que toda ruta es ilusoria— y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase —pensamos— saber a qué lugar nos dirigimos.


24 marzo, 2009

AlmadeLobo

Un blog interesante... A ella le gustan los lobos...a mi los leones

18 marzo, 2009

Crónica de una muerte anunciada



(...) Hay que estar siempre de parte del muerto (...)


(...) De pronto sentí los dedos ansioso que me soltaban los botones de la camisa, y sentí el olor peligroso de la bestia de amor acostada a mis espaldas, y sentí que me hundia en las delicias de las arenas movedizas de su ternura. Pero se detuvo de golpe, tosió desde muy lejos y se escurrió de mi vida.

- No puedo- dijo - : Hueles a él. (...)


(...) descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba tambien el rencor feliz (...)


(...) Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen solo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni mas servidumbre que la de su obsesión.

Escribió una carta semanal durante media vida. - A veces no se me ocurria qué decir -me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo.- . Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y por ultimo fueron las cartas indignadas (...)


(...) En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecia insensible a su delirio: era como escribirle a nadie.

Le escribió una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde la noche funesta. se quedó convencida de que aquel deshago terminal sería el último de su agonia. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguio escribiendo sin cuartel durante diecisiete años.

Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. _Bueno - dijo-, aquí estoy.

LLevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos en cintas de colores, y todas sin abrir (...)


(...) En el folio 382 del sumario escribió otro sentencial marginal con tinta roja: " La fatalidad nos hace invisibles".


17 febrero, 2009

Adentro



In interiore hominis habitat veritas.

(En el interior del hombre habita la verdad)


La verdad, habríame descorazonado tu carta, haciéndome temer por tu porvenir, que es todo tu tesoro, si no creyese firmemente que esos arrechuchos de desaliento suelen ser pasajeros, y no más que síntomas de la conciencia que de la propia nada radical se tiene, conciencia de que se cobra nuevas fuerzas para aspirar a serlo todo. No llegará muy lejos, de seguro, quien nunca sienta cansancio.
De esa conciencia de tu poquedad recogerás arrestos para tender a serlo todo. Arranca como de principio de tu vida interior del reconocimiento, con pureza de intención, de tu pobreza cardinal de espíritu, de tu miseria, y aspira a lo absoluto si en lo relativo quieres progresar.
No temo por ti. Sé que te volverán los generosos arranques y las altas ambiciones y de ello me felicito y te felicito (...)


Pon en tu orden, muy alta tu mira, lo más alta que puedas, más alta aún donde tu vista no alcance, donde nuestras vidas paralelas van a encontrarse: apunta a lo inasequible (...)


Pon tu mira muy alta, más alta aún, y sal de ahí, de esa Corte, cuanto antes. Si te dijesen que ese es tu centro, contéstales: ¡mi centro está en mí!
Ahí te consumes y disipas sin el debido provecho, ni para ti ni para los otros, aguantando alfilerazos que enervan a la larga. Tienes ahí que indignarte cada día por cosas que no lo merecen. ¿Crees que puede un león defenderse de una invasión de hormigas leones? ¿Vas a matar a zarpazos pulgas?
Sal pronto de ahí y aíslate por primera providencia; vete al campo, y en la soledad conversa con el universo si quieres, habla a la congregación de las cosas todas. ¿Qué se pierde tu voz? Más vale que se pierdan tus palabras en el cielo inmenso a no que resuenen entre las cuatro paredes de un corral de vecindad, sobre la cháchara de las comadres. Vale más ser ola pasajera en el océano, que charco muerto en la hondonada.

Hay en tu carta una cosa que no me gusta, y es ese empeño que muestras ahora por fijarte un camino y trazarte un plan de vida. ¡Nada de plan previo, que no eres edificio! No hace el plan a la vida, sino que ésta lo traza viviendo. No te empeñes en regular tu acción por tu pensamiento; deja más bien que aquélla te forme, informe, deforme y transforme éste. Vas saliendo de ti mismo, revelándote a ti propio; tu acabada personalidad está al fin y no al principio de tu vida; sólo con la muerte se te completa y corona. El hombre de hoy no es el de ayer ni el de mañana, y así como cambias, deja que cambie el ideal que de ti propio te forjas. Tu vida es ante tu propia conciencia la revelación continua, en el tiempo, de tu eternidad, el desarrollo de tu símbolo; vas descubriéndote conforme obras. Avanza, pues, en las honduras de tu espíritu, y descubrirás cada día nuevos horizontes, tierras vírgenes, ríos de inmaculada pureza, cielos antes no vistos, estrellas nuevas y nuevas constelaciones. Cuando la vida es honda, es poema de ritmo continuo y ondulante. No encadenes tu fondo eterno, que en el tiempo se desenvuelve, a fugitivos reflejos de él. Vive al día, en las olas del tiempo, pero asentado sobre tu roca viva, dentro del mar de la eternidad; al día en la eternidad, es como debes vivir.
Te repito, que no hace el plan a la vida, sino que ésta se lo traza a sí misma, viviendo. ¿Fijarte un camino? El espacio que recorras será tu camino; no te hagas, como planeta en su órbita, siervo de una trayectoria. Querer fijarse de antemano la vía redúcese en rigor a hacerse esclavo de la que nos señalen los demás, porque eso de ser hombre de meta y propósitos fijos no es más que ser como los demás nos imaginan, sujetar nuestra realidad a su apariencia en las ajenas mentes. No sigas, pues, los senderos que a cordel trazaron ellos; ve haciéndote el tuyo a campo traviesa, con tus propios pies, pisando sus sementeras si es preciso. Así es como mejor les sirves, aunque otra cosa crean ellos. Tales caminos, hechos así a la ventura, son los hilos cuya trama forma la vida social; si cada cual se hace el suyo, formarán con sus cruces y trenzados rica tela, y no calabrote.


¿Orientación segura te exigen? Cualquier punto de la rosa de los vientos que de meta te sirva te excluye a los demás. Y ¿sabes acaso lo que hay más allá del horizonte? Explóralo todo, en todos sentidos, sin orientación fija, que si llegas a conocer tu horizonte todo, puedes recogerte bien seguro en tu nido.
Que nunca tu pasado sea tirano de tu porvenir; no son esperanzas ajenas las que tienes que colmar. ¿Contaban contigo? ¡Que aprendan a no contar sino consigo mismos! ¿Qué así no vas a ninguna parte, te dicen? Adonde quiera que vallas a dar será tu todo, y no la parte que ellos te señalen. ¿Qué no te entienden? Pues que te estudien o que te dejen; no has de rebajar tu alma a sus entendederas. Y, sobre todo en amarnos, entendámonos o no, y no en entendernos sin amarnos, estriba la verdadera vida. Si alguna vez les apaga la sed el agua que de tu espíritu mana, ¿a qué ese empeño de tragarse el manantial? Si la fórmula de tu individualidad es complicada, no vallas a simplificarla para que entre en su álgebra; más te vale ser cantidad irracional que guarismo de su cuenta.
Tendrás que soportar mucho porque nada irrita al jacobino tanto como el que alguien se le escape de sus casillas; acaba por cobrar odio al que no se pliega a sus clasificaciones, disputándole de loco o de hipócrita. ¿Qué te dicen que te contradices? Sé sincero siempre, ten en paz tu corazón y no hagas caso, que si fueses sincero y de corazón apaciguado, es que la contradicción está en sus cabezas y no en ti.
¿Qué te hinchas? Pues que te hinches, que si nos hinchamos todos, crecerá el mundo. ¡Ambición, ambición, y no codicia!
Te repito que te prepares a soportar mucho, porque los cargos tácitos que con nuestra conducta hacemos al prójimo son los que más en lo vivo le duelen. Te atacan por lo que piensas; pero les hieres por lo que haces. Hiéreles por amor. Prepárate a todo, y para ello toma al tiempo de aliado. Morir como Icaro vale más que vivir sin haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera. Sube, pues, para que te broten alas, que deseando volar te brotarán. Sube; pero no quieras una vez arriba arrojarte desde lo más alto del templo para asombrar a los hombres, confiado en que los ángeles te lleven en sus manos, que no debe tentarse a Dios. Sube sin miedo y sin temeridad. ¡Ambición, y nada de codicia!
Y, entretanto, resignación, resignación activa, que no consiste en sufrir sin luchar, sino en no apesadumbrarse por lo pasado, ni acongojarse por lo irremediable; en mirar al porvenir siempre. Porque ten en cuenta que sólo el porvenir es reino de libertad; pues así que algo se vierte al tiempo, a su ceñidor queda sujeto. Ni lo pasado puede ser más que como fue, ni cabe que lo presente sea más que como es; el puede ser es siempre futuro. No sea tu pesar por lo que hiciste más que propósito de futuro mejoramiento; todo otro arrepentimiento es muerte, y nada más que muerte. Puede creerse en el pasado; fe sólo en el porvenir se tiene, sólo en la libertad. Y la libertad es ideal y nada más que ideal, y en serlo está precisamente su fuerza toda. Es ideal e interior, es la esencia misma de nuestro posesionamiento del mundo, al interiorizarlo. Deja a los que creen en Apocalipsis y milenarios que aguarden que el ideal les baje de las nubes y tome cuerpo a sus ojos y puedan palparlo. Tú, créelo verdadero ideal, siempre futuro y utópico siempre, utópico, esto es: de ningún lugar, y espera. Espera, que sólo el que espera vive; pero teme el día en que se te conviertan en recuerdos las esperanzas al dejar el futuro, y para evitarlo, haz de tus recuerdos esperanzas, pues porque has vivido vivirás.
No te metas entre los que en la arena del combate luchan disparándose a guisa de proyectiles afirmaciones redondas de lo parcial. Frente a su dogmatismo exclusivista, afírmalo todo, aunque te digan que es una manera de todo negarlo, porque aunque así fuera, sería la única negación fecunda, la que destruyendo crea y creando destruye. Déjales con lo que llaman sus ideas cuando en realidad son ellos de las ideas que llaman suyas. Tú mismo eres idea viva; no te sacrifiques a las muertas, a las que se aprenden en papeles. Y muertas son todas las enterradas en el sarcófago de las fórmulas. Las que tengas, tenlas como los huesos, dentro, y cubiertas y veladas con tu carne espiritual, sirviendo de palanca a los músculos de tu pensamiento, y no fuera y al descubierto y aprisionándote como las tienen las almas-cangrejos de los dogmáticos, abroqueladas contra la realidad que no cabe en dogmas. Tenlas dentro sin permitir que lleguen a ellas los jacobinos que, educados en la paleontología, nos toman de fósiles a todos, empeñándose en desarrollarnos y descuartizarnos para lograr sus clasificaciones conforme al esqueleto.
No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia, pon tu principal empeño (...)

Busca sociedad; pero ten en cuenta que sólo lo que de la sociedad recibas será la sociedad en ti y para ti, así como sólo lo que a ella des será tu en la sociedad y para ella. Aspira a recibir de la sociedad todo, sin encadenarte a ella, y a darte a ella por entero. Pero ahora, por el pronto al menos, te lo repito, sal de ese cotarro y busca a la Naturaleza, que también es sociedad, tanto como es la sociedad Naturaleza. Tú mismo, en ti mismo, eres sociedad, como que, de serlo cada uno, brota la que así llamamos y que camina a personalizarse, porque nadie da lo que no tiene. Hasta carnalmente no provenimos de un solo ascendiente, sino de legión, y a legión vamos; somos un modo de la trama de las generaciones.
Todos tus amigos son a aconsejarte: “ve por aquí”, “ve por allí”, “no te desparrames”, “concentra tu acción”, “oriéntate”, “no te pierdas en la inconcreción”. No les hagas caso, y da de ti lo que más les moleste, que es lo más que les conviene. Ya te lo tengo dicho: no te aceptarán de grado lo tuyo; querrán tus ideas, que no son en realidad tuyas.
No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno es para vivir en la Historia; para vivir en la eternidad, lo otro. Busca antes las bendiciones silenciosas de pobres almas esparcidas acá y allá, que veinte líneas en las historias de los siglos. O más bien, busca aquello y se te dará esto de añadidura. No quieras influir sobre el ambiente ni en eso que llaman señalar rumbos a la sociedad. Las necesidades de cada uno son las más universales, porque son las de todos. Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camarín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud jamás conocerá el descanso. Sé un confesor más que un predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad (...)


Busca sociedad, sí, pero ahora, por de pronto, chapúzate en Naturaleza, que hace serio al hombre. Sé serio. Lleva seriedad, solemne seriedad a tu vida, aunque te digan los paganos que eso es ensombrecerla, que la haces sombría y deprimente. En el seno de eso que como lúgubres depresiones se aparecen al pagano, es donde se encuentran las más regaladas dulzuras. Toma la vida en serio sin dejarte emborrachar por ella; sé su dueño y no su esclavo, porque tu vida pasa y tú te quedarás. Y no hagas caso a los paganos que te digan que tú pasas y la vida queda… ¿La vida? ¿Qué es la vida? ¿Qué es una vida que no es mía, ni tuya, ni de otro cualquiera? ¡La vida! ¡Un ídolo pagano, al que quieren que sacrifiquemos cada uno nuestra vida! Chapúzate en el dolor para curarte de su maleficio; sé serio. Alegre también; pero seriamente alegre. La seriedad es la dicha de vivir tu vida asentada sobre la pena de vivirla y con esta pena cansada. Ante la seriedad que las funde y al fundirlas las fecunda, pierden tristeza y alegría su sentido.
Otra vez más: ahora corre al campo, y vuelve luego a sociedad para vivir en ella; pero de ella despegado, desmundanizado. El que huye del mundo sigue del mundo esclavo, porque lo lleva en sí; sé dueño de él, único modo de comulgar con tus hermanos en humanidad. Vive con los demás, sin singularizarte, porque toda singularización exterior en vez de preservar, ahoga a la interna. Vive como todos, siente como tú mismo, y así comulgarás con todos y ellos contigo. Haz lo que todos hagan, poniendo, al hacerlo, todo tu espíritu en ello, y será cuanto hagas original por muy común que sea.
Sólo en la sociedad te encontrarás a ti mismo; si te aíslas de ella no darás más que con un fantasma de tu verdadero sujeto propio. Sólo en la sociedad adquieres tu sentido todo, pero despegado de ella.
Me dices en tu carta que, si hasta ahora ha sido tu divisa, ¡adelante!, de hoy en más será, ¡arriba! Deja eso de adelante y atrás, arriba y abajo, a progresistas y retrógrados, ascendentes y descendentes, que se mueven en el espacio exterior tan sólo, y busca el otro, tu ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero, que es la mejor manera de derramarte en él. Considera que no hay dentro de Dios más que tú y el mundo y que si formas parte de éste porque te mantiene, forma también él parte de ti, porque en ti lo conoces. En vez de decir, pues, ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que rebases luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso. –Doy cuanto tengo – dice el generoso; - doy cuanto valgo – dice el abnegado; - doy cuanto soy – dice el héroe; - me doy a mí mismo – dice el santo; y di tú con él, al darte: - Doy conmigo el universo entero -. Para ello tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!



11 febrero, 2009

los hombres que no amaban a las mujeres



(...) Observó desconfiado a su colaboradora,
Lisbeth Salander, treinta y dos años más joven
que él, y constató por enésima vez que sería difícil encontrar
otra persona que pareciera más fuera de lugar en esa
prestigiosa empresa de seguridad. Se trataba de una desconfianza
tan sensata como irracional. A ojos de Armanskij,
Lisbeth Salander era, sin ninguna duda, la investigadora
más competente que había conocido en sus
cuarenta años de profesión. Durante los cuatro años que
ella llevaba trabajando para él no había descuidado jamás
un trabajo ni entregado un solo informe mediocre.
Todo lo contrario: sus trabajos no tenían parangón
con los del resto de colaboradores. Armanskij estaba convencido
de que Lisbeth Salander poseía un don especial.


Cualquier persona podía buscar información sobre la solvencia
de alguien o realizar una petición de control en el
servicio de cobro estatal, pero Salander le echaba imaginación
y siempre volvía con algo completamente distinto
de lo esperado.


Él nunca había entendido muy bien cómo
lo hacía; a veces su capacidad para encontrar información
parecía pura magia. Conocía los archivos burocráticos
como nadie y podía dar con las personas más difíciles de
encontrar. Sobre todo, tenía la capacidad de meterse en la
piel de la persona a la que investigaba. Si había alguna
mierda oculta que desenterrar, ella iba derecha al objetivo
como si fuera un misil de crucero programado.
No cabía duda de que tenía un don.


Sus informes podían suponer una verdadera catástrofe
para la persona que fuera alcanzada por su radar. Armanskij
todavía se ponía a sudar cuando se acordaba de aquella
ocasión en la que, con vistas a la adquisición de una empresa,
le encomendó el control rutinario de un investigador
del sector farmacéutico. El trabajo debía hacerse en el plazo
de una semana, pero se fue prolongando.


Tras un silencio de cuatro semanas y numerosas advertencias, todas ellas ignoradas,
Lisbeth Salander volvió con un informe que ponía
de manifiesto que el tipo en cuestión era un pedófilo; al
menos en dos ocasiones había contratado los servicios de
una prostituta de trece años en Tallin. Además, ciertos indicios
revelaban un interés malsano por la hija de la mujer
que por aquel entonces era su pareja.



Salander tenía características muy singulares que, de
vez en cuando, llevaban a Armanskij al borde de la desesperación.


Al descubrir que se trataba de un pedófilo no
llamó por teléfono para advertir a Armanskij ni irrumpió
apresuradamente en su despacho pidiendo una reunión
urgente. Todo lo contrario: sin indicar con una sola palabra
que el informe contenía material explosivo de proporciones
más bien nucleares, una tarde lo depositó encima
de su mesa, justo cuando Armanskij iba a apagar la
luz y marcharse a casa.


Se llevó el informe y no lo leyó hasta más tarde, por la
noche, cuando, ya relajado en el salón de su chalé de Lidingö,
compartía con su esposa una botella de vino mientras
veían la tele.

Como siempre, el informe estaba redactado con una
meticulosidad casi científica, con notas a pie de página,
citas y fuentes exactas. Los primeros folios daban cuenta
del historial de aquel individuo, de su formación, su carrera
profesional y su situación económica.


No fue hasta la página 24, en un discreto apartado, cuando Salander
—en el mismo tono objetivo que empleó para informar
de que el susodicho vivía en un chalé de Sollentuna y
conducía un Volvo azul oscuro— dejó caer la bomba de
la verdadera finalidad de los viajes que el tipo realizaba a
Tallin. Para demostrar sus afirmaciones Lisbeth remitía
a la documentación contenida en un amplio anexo,
donde había, entre otras cosas, fotografías de la niña de
trece años en compañía del sujeto.


La foto se había hecho en el pasillo de un hotel de Tallin y él tenía una mano
bajo el jersey de la niña. Además —sabe Dios cómo—,
Lisbeth consiguió localizar a la niña y logró convencerla
para que dejara grabada una detallada declaración.


El informe creó aquel caos que precisamente Armanskij
quería evitar a toda costa.


Para empezar tuvo que tomarse un par de pastillas de las que su médico le
había recetado para la úlcera. Luego convocó al cliente a
una triste reunión relámpago. Al final, y a pesar de la lógica
reticencia del cliente, tuvo que entregarle el material
a la policía.


Esto último quería decir que Milton Security
se arriesgaba a verse involucrada en una espiral de acusaciones
y contraacusaciones. Si la documentación no hubiera
resultado lo suficientemente fidedigna o el hombre
hubiese sido absuelto, la empresa habría corrido el riesgo
potencial de ser procesada por difamación. En fin, una
pesadilla.



Sin embargo, la llamativa ausencia de compromiso
emocional de Lisbeth Salander no era lo que más le molestaba.
En el mundo empresarial la imagen resultaba
fundamental, y la de Milton representaba una estabilidad
conservadora. Salander encajaba en esa imagen tanto
como una excavadora en un salón náutico.


A Armanskij le costaba hacerse a la idea de que su
investigadora estrella fuera una chica pálida de una delgadez
anoréxica, pelo cortado al cepillo y piercings en la
nariz y en las cejas. En el cuello llevaba tatuada una
abeja de dos centímetros de largo. También se había hecho
dos brazaletes: uno en el bíceps izquierdo y otro en
un tobillo. Además, al verla en camiseta de tirantes, Armanskij
había podido apreciar que en el omoplato lucía
un gran tatuaje con la figura de un dragón. Lisbeth era
pelirroja, pero se había teñido de negro azabache. Solía
dar la impresión de que se acababa de levantar tras haber
pasado una semana de orgía con una banda de heavy
metal.


En realidad, no tenía problemas de anorexia; de eso
estaba convencido Armanskij. Al contrario: parecía consumir
toda la comida-basura imaginable. Simplemente
había nacido delgada, con una delicada estructura ósea
que le daba un aspecto de niña esbelta de manos finas, tobillos
delgados y unos pechos que apenas se adivinaban
bajo su ropa. Tenía veinticuatro años, pero aparentaba
catorce.



Una boca ancha, una nariz pequeña y unos prominentes
pómulos le daban cierto aire oriental. Sus movimientos
eran rápidos y parecidos a los de una araña;
cuando trabajaba en el ordenador, sus dedos volaban sobre
el teclado. Su cuerpo no era el más indicado para
triunfar en los desfiles de moda, pero, bien maquillada,
un primer plano de su cara podría haberse colocado en
cualquier anuncio publicitario. Con el maquillaje —a veces
solía llevar, para más inri, un repulsivo carmín negro—,
los tatuajes, los piercings en la nariz y en las cejas
resultaba… humm… atractiva, de una manera absolutamente
incomprensible. (...)



(...) A Armanskij no le gustaba nada la idea de
soltar a Lisbeth Salander en un enredo así, como un misil
de crucero incontrolable.
No se trataba sólo de un gesto de consideración hacia
la empresa. Salander había dejado muy claro que no
quería que Armanskij ejerciera el papel de padrastro
preocupado, y después de su acuerdo se había esforzado
en no hacerlo, pero en su fuero interno nunca dejaría de
preocuparse por ella. A veces se sorprendía a sí mismo
comparando a Salander con sus propias hijas. Se consideraba
un buen padre que no se metía en sus vidas privadas
de manera innecesaria, pero sabía que nunca aceptaría
que se comportaran como Lisbeth Salander, ni que llevaran
ese tipo de vida.
En lo más profundo de su corazón croata —o tal vez
bosnio o armenio— nunca había podido liberarse de la
convicción de que la vida de Salander iba derecha a una
desgracia. Ante sus ojos, ella constituía la víctima perfecta
para todo aquel que le deseara el mal y temía la mañana
en la que lo despertara la noticia de que alguien le
había hecho daño. (...)


LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDON DE GASOLINA




Estaba atada con correas de cuero a una estrecha litera con una estructura de acero templado. El correaje le oprimía el tórax. Se hallaba boca arriba. Tenía las manos esposadas paralelamente al cuerpo.Hacía mucho tiempo que había desistido de todo intento de soltarse. Estaba despierta pero con los ojos cerrados. Si los abriera sólo vería la oscuridad; la única luz existente era un tímido rayo que se filtraba por encima de la puerta. Tenía mal sabor de boca y ansiaba lavarse los dientes.Una parte de su conciencia aguardaba el sonido de unos pasos que anunciaran la llegada de él. Ignoraba qué hora de la noche era, pero le parecía que empezaba a ser demasiado tarde para que él la visitara. Una repentina vibración de la cama le hizo abrir los ojos. Era como si una máquina se hubiese puesto en marcha en algún lugar del edificio. Unos segundos después ya no estaba segura de si se trataba de un ruido real o de si se lo había imaginado.Tachó un día más en su mente.Era el número cuarenta y tres de su cautiverio.Le picaba la nariz y giró la cabeza de tal manera que pudo rascarse contra la almohada. Sudaba. En la habitación hacía calor y el aire resultaba sofocante. Llevaba un sencillo camisón que se le arrugaba en la espalda. Al mover la cadera pudo atrapar la prenda con los dedos índice y corazón para irla bajando, centímetro a centímetro, por uno de los lados. Repitió el procedimiento con la otra mano. Pero el camisón presentaba todavía un pliegue en la parte inferior de la espalda. El colchón estaba arrugado y no era nada confortable. A causa de su absoluto aislamiento, todas las pequeñas impresiones, en las que en otras circunstancias no habría reparado, se intensificaban considerablemente. El correaje estaba lo bastante flojo como para que pudiera cambiar de postura y ponerse de lado, pero le resultaba incómodo, ya que entonces debía tener una mano en la espalda y se le dormía el brazo.No tenía miedo. En cambio, sentía una rabia contenida cada vez mayor.Al mismo tiempo, le atormentaban sus propios pensamientos, que se transformaban constantemente en desagradables fantasías sobre lo que iba a ser de ella. Odiaba esa forzada indefensión. Por mucho que intentara concentrarse en otra cosa para pasar el tiempo y olvidarse de su situación, la angustia siempre acababa por aflorar. Flotaba en el aire como una nube de gas que amenazaba con penetrar por sus poros y envenenar su existencia. Había descubierto que la mejor manera de mantener alejada esa angustia era imaginándose algo que le transmitiera una sensación de fuerza. Cerró los ojos y evocó el olor a gasolina.él estaba sentado en un coche con la ventanilla bajada. Ella se acercó corriendo, echó la gasolina al interior y encendió una cerilla. Fue cuestión de segundos. Las llamas surgieron en el acto. él se retorcía de dolor mientras ella oía sus gritos de horror y sufrimiento. También pudo sentir el olor de la carne quemada y otro más intenso, a plástico y espuma, producido por los asientos, que se estaban carbonizando.Es probable que se hubiera quedado transpuesta, porque no percibió sus pasos, pero se despertó nada más abrirse la puerta. La luz la deslumbró. él había llegado a pesar de todo.Era alto. Ella ignoraba su edad, pero se trataba de una persona adulta. Pelo enmarañado de color caoba, gafas de montura negra y una perilla poco poblada. Olía a colonia.Odiaba su olor.Permaneció callado al pie de la litera contemplándola durante un largo instante. Odiaba su silencio.Su cara se hallaba en la penumbra; ella sólo apreciaba su silueta. De repente le habló. Tenía una voz grave y clara que acentuaba cada palabra con pedantería.Odiaba su voz.Le dijo que, como hoy era su cumpleaños, la quería felicitar. El tono de su voz no resultaba ni antipático ni irónico. Más bien neutro. Ella imaginó que él sonreía.Lo odiaba.Se acercó más y bordeó la litera hasta el cabecero. Le puso el dorso de su mano húmeda en la frente y, con un gesto que tal vez pretendía ser amable, le pasó los dedos por el nacimiento del pelo. Era su regalo de cumpleaños.Odiaba que la tocara.él le habló. Ella lo vio mover la boca pero se aisló del sonido de su voz. No quería escuchar. No quería contestar. Le oyó elevar el tono. Un deje de irritación ante su falta de respuesta se había infiltrado en su voz. Le habló de confianza mutua. Al cabo de varios minutos se calló. Ella ignoró su mirada. Luego él se encogió de hombros y empezó a ajustarle las correas de cuero. Le apretó el correaje un agujero más sobre el pecho y se inclinó sobre la joven.De repente, del modo más brusco que pudo y hasta donde las correas le permitieron, ella se giró a la izquierda, alejándose de él. Subió las rodillas hasta la barbilla e intentó pegarle una fuerte patada en la cabeza. Apuntó a la nuez y, con la punta del dedo de un pie, le dio en algún sitio por debajo de la barbilla, pero como él estaba prevenido, ya había apartado el cuerpo, de modo que todo se quedó en un ligero golpe apenas perceptible. Intentó darle otra patada, pero él ya se encontraba fuera de su alcance.Dejó caer las piernas sobre la litera.La sábana colgaba de la cama hasta el suelo. El camisón se le había subido muy por encima de las caderas.Permaneció quieto largo tiempo sin decir nada. Luego dio la vuelta a la litera y cogió el correaje de los pies. Ella intentó subir las piernas pero él le agarró un tobillo; con la otra mano le bajó la rodilla a la fuerza y le aprisionó el pie con la correa. Pasó al lado contrario de la cama y le inmovilizó también el otro pie.De ese modo ella quedaba completamente indefensa.Recogió la sábana del suelo y la tapó. La contempló en silencio durante dos minutos. En la penumbra ella pudo sentir su excitación, a pesar de que él fingió no tenerla y de que no se la mostró. Pero seguramente estaba teniendo una erección. Ella sabía que él deseaba acercar una mano y tocarla.Luego él dio media vuelta, salió y cerró la puerta. Lo oyó echar el cerrojo, cosa completamente innecesaria, ya que ella no tenía ninguna posibilidad de soltarse.Se quedó varios minutos contemplando el fino rayo de luz que asomaba por encima de la puerta. Luego se movió intentando hacerse una idea de lo apretadas que estaban las correas. Fue capaz de subir un poco las rodillas pero tanto las correas de los pies como el resto del correaje se tensaron en el acto. Se relajó. Permaneció completamente quieta mirando al vacío.Aguardaba. Fantaseó con un bidón de gasolina y una cerilla.Lo vio empapado de gasolina. Podía sentir físicamente la caja de cerillas en la mano. La movió. Produjo un sonido áspero y seco. La abrió y eligió una. Le oyó decir algo pero hizo oídos sordos y no escuchó sus palabras. Vio la expresión de su rostro cuando acercó la cerilla al rascador. Oyó el chasquido del fósforo contra el rascador. Fue como el estallido prolongado de un trueno. Vio cómo todo ardía en llamas.Una dura sonrisa se dibujó en sus labios. Se armó de paciencia.Esa noche cumplía trece años.



03 febrero, 2009

Primer Amor



" Cuando el príncipe azul apareció, era ya demasiado tarde. Le había esperado desde hacía muchos años, desde los lazos rosas de mis faldones y el vuelo de mis vestidos bordados, desde los juegos de saltar a la comba en los que los brincos determinaban el número de novios que tendríamos. Formulé deseos a la luna y tramé hechizos en la noche de San Juan, pero el amor no llegaba. Tardé mucho en descubrir que el amor nos estaba vedado a las niñas, que habíamos de crecer para experimentarlo. Y mientras tanto, perdí la ingenuidad, y me harté de esperar caballeros de plateadas armaduras. Cuando llegó la adolescencia era demasiado tarde. "




(...) Los hombres actuales se quejan de cierta desorientación: las chicas desean que se las corteje, pero se ofenden si se comportan como machos tradicionales. Rechazan algunas muestras de cortesía, pero añoran ser tratadas como princesitas. Reclaman su independencia, pero a partir de cierta edad parecen morirse por una relación estable y unos hijos. No soportan a los machistas, pero acaban siempre con los canallas mayores del reino. ¿Quién entiende a las mujeres? Existe una explicación a todo ese barullo: para comenzar, las mujeres han evolucionado tremendamente en poco tiempo, y los hombres no han cogido su paso: ya no se educa a las niñas como hace veinte o treinta años, pero los cambios en la educación de los niños han sido mínimos. Por otro lado, un gran número de hombres confunden la cortesía con las normas de urbanidad básicas. Por otro, muchas mujeres no saben realmente lo que desean, como la gran mayoría de los hombres.


(...) He escuchado hasta la saciedad decir que la amistad entre hombre y mujer no existe, y he constatado que en muchos casos el dicho es cierto: se rompen las barreras, o en el objetivo inicial no figuraba la amistad, sino la conquista. Cuido a mis amigos como a perlas raras, pero instintivamente tiendo hacia una posición maternal con ellos. Pese a todo, la sospecha de que una atracción de otro tipo pueda romper la amistad, o que mi interés por ellos pueda malinterpretarse, continúa ahí, escondida, en algún lugar de mi mente.


(...) Algunos seres luminosos y afortunados nacen con la facultad de despertar cariño y las habilidades naturales para rodearse de amor. La mayor parte de nosotros, sin embargo, no sabemos sino caminar a tumbos, tantear y equivocarnos, y sentirnos culpables por no haber estado a la altura. O si se dejara de considerar el amor como un logro social; si no se ostentara la belleza o el dinero del compañero como un éxito propio; si no se despreciara a las personas que, por una razón u otra, han elegido permanecer solos, o no han sido lo suficientemente afortunados como para encontrar una persona que les haga felices. O si se viviera la soledad como un estado dichoso, sereno, no como un abandono o una situación irremediable. Si se disipara ese pánico a quedarse solo, si se potenciara la seguridad en uno mismo y se disfrutara de los momentos en los que podemos gozar de la compañía de otras personas sin que nos presione la idea de conseguir pareja. O si, por último, desapareciera el concepto de «caza y conquista» en el plano amoroso, los términos en los que se da por supuesto que una voluntad ha de ceder ante otra más fuerte, que una personalidad ha de ser doblegada, que es preciso vencer una batalla para conseguir el amor del otro. Si el amado dejara de ser un enemigo o una plaza a asediar, para convertirse en una persona cercana; si no hiciera falta enmascararse y fingir...




(España, 1974)

28 enero, 2009

la mujer perdida




“…después de descansar del viaje, salió a pasear por los acantilados de la costa. Era casi de noche y el mar se extendía delante de ella. ¿Qué iba a hacer?

Se había escapado de los dos hombres… La última quincena la había pasado tratando de evitar a los dos. Ahora tenía un momento para ella misma. ..”

“…Alvina se sentó en los acantilados en un estado de exasperación. Estaba cansada de que la fastidiaran. Realmente, no quería casarse con nadie. ¿Por qué había de casarse? Se sentía contenta hasta lo indecible de poder ser ella misma otra vez. ¿Qué cansada estaba de la gente y sus inoportunidades! ¿Qué iba a hacer? Decidió volverse a ofrecer, después de unos días, para el servicio de guerra; en otra ciudad, esta vez. Mientras tanto quería ser ella misma…”



“…- Volverás, ¿verdad? – insistió ella.
-¿Quién sabe? – suspiró él.
- Si te haces la composición de lugar de que has de volver, volverás. Tenemos el Destino en nuestras manos- dijo ella.
El sonrío lentamente.
-¿Te parece?- dijo-
- Lo se. Si tu no vuelves será porque no quieres, y por ninguna otra razón. No será porque no puedas. Será porque no quieres.
- ¿Quién te ha dicho eso?- preguntó él, con la misma sonrisa cruel.
- Yo lo sé.
- Muy bien- respondió él, pero siguió sentado, con las manos abandonadas entre las rodillas.
- De modo que decídete- dijo ella…”



1920

19 enero, 2009

PALABRAS




Tú hablas y, al oír tus palabras, veo y recorro la casa que tú me describes y yo desconozco.
Me rodean con tal realidad las cosas que en mí tú despiertas, que defino contornos, enciendo una luz y añado detalles.
¡Dios mío! he llegado a tu casa y me he resistido.
¿Dónde la casa que tú despertaste en mí mismo? En nada se iguala a ésta.
Un oculto dolor sobreviene al destruir lo que había soñado, extinguir la luz encendida y borrar los distintos contornos que había construido.
Y pienso, en mi angustia, que entonces te hablé de ansias e ideas informes.
Pienso que habrás tú forjado al oírme quién sabe qué historias.
Y no puedo llevarte ante ellas y lograr que las veas y cambies tu imagen absurda.
Palabras, palabras..., pensemos amigo en todo el engaño que trae este viento tan débil.
Este aire que apenas si mueven los labios.


14 enero, 2009

El beso




I


Cuando una parte del ejército francés se apodero á principios de este siglo de la historica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro á que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad.


Después de ocupado el suntuoso alcázar de Carlos V, echóse mano de la casa de Consejos; y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron á invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando á la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy á referir, cuando, una noche, ya á hora hastante avanzada, envueltos en sus obscures capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol á Zocodover, con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.


Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como á distancia de unos treinta pasos de su gente hablando á media voz con otro, también militar á lo que podía colegirse por su traje. Éste, que caminaba á pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles obscuras, enmarañadas y revueltas.
—Con verdad, decía el jinete á su acompañante, que si el alojamiento que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi casi sería preferible arrancharnos en el campo ó en medio de una plaza.
—¿Y qué queréis, mi capitán? contestóle el guía que efectivamente era un sargento aposentador; en el alcázar no cabe ya un grano de trigo cuanto mas un hombre; de San Juan de los Reyes[1] no digamos, porque hay celda de fraile en la que
duermen quince húsares. El convento á donde voy á conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres ó cuatro días nos cayó aquí como de las nubes ima de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.


—En fin, exclamó el oficial después de un corto silencio y como resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba,—más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será dificil según se agrupan las nubes, estaremos á cubierto y algo es algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar á una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados de crestas desiguales y obscuras.


—He aquí vuestro alojamiento, exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán, que después que hubo mandado hacer alto á la tropa, ecbó pie á tierra, tomó el farolillo de manos del guía, y se dirigió hacia el punto que este le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancandolas pedazo á pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer Haves ni descorrer cerrojos para penetrar en el interior del templo.


Á la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local, mandó echar pie á tierra á su gente, y hombres y caballos revueltos, fué acomodándola como mejor pudo.


Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el altar mayor pendían aún de las alias cornisas los rotos jirones del velo con que le habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veianse algunos retablos adosados al muro, sin imágenes en las hornacinas; en el coro se 'dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles de la obscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varies puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá á lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y á lo largo del crucero, se destacaban confusamente entre la obscuridad, semejantes á blancos é inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso edificio.
Á cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, ó menos acostumbrado á ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en aquel obscuro é imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metálico golpe de sus espuelas que resonaban sobre las antes losas sepulcrales del navimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos á los pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso repetido de eco en eco en sus alias bóvedas.

Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado á su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón, á los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José en su palacio de Madrid.


Los soldados, haciendose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo, y poco á poco fué apagándose el murmullo de sus voces.
Á la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas dé los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su capote, á lo largo del pórtico.


II


En la época á que se remonta la relación de esta historia, tan verídica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros la ciudad de Toledo no era mas que un poblacón destartalado, antiguo, ruinoso é insufrible.
Los oficiales del ejército francés, que á juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de artistas ó
arqueólogos, no hay para que decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Césares.


En esta situación de ánimo, la más insignificante novedad que viniese á romper la monótona quietud de aquellos días eternos é iguales, era acogida con avidez entre los ociosos; así es que la promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete, ó la llegada de una fuerza cualquiera á la ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente venía á sustituirle,[1] sirviendo de base á nuevas quejas, críticas y suposiciones.


Como era de esperar, entre los oficiales que, según tenían de costumbre, acudieron al día siguiente á tomar el sol y á charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo á pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora hacía que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba á interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, á quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, habia citado para el Zocodover, cuando en una de las boca-calles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de acero, que resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.
Apenas le vió su camarada, salió á su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron casi todos los que á la sazón se
encontraban en el corrillo; en quienes habían despertado la curiosidad y la gana de conocerle, los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter original y extraño.
Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos ó ausentes, rodando de uno en otro asunto la conversación, vino á parar al tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.
Al llegar á este punto, uno de los de la reunión que, por lo visto, tenía noticia del mal talante con que el joven oficial se había resignado á acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:
—Y á propósito de alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?
—Ha habido de todo, contestó el interpelado; pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto á una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.
—¡Una mujer! repitió su interlocutor como admirándose de la buena fortuna del recién venido; eso es lo que se llama llegar y besar el santo.
—Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue á Toledo para hacerle más soportable el ostracismo, añadió otro de los del grupo.


—¡Oh! no, dijo entonces el capitán; nada menos que eso. Juro, á fe de quien soy, que no la conocía y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómódo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.
—¡Contadla! ¡contadla! exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán; y como éste se dispusiera á hacerlo
así, todos prestaron la mayor atención á sus palabras, mientras él comenzó la historia en estos terminos:
—Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado é incorporarme sobre el codo un estruendo horrible, un estruendo tal, que me ensordeció un instante para dejarme después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase á la oreja.


Como os habrás figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable propósito de matar á disgustos a los necesitados de reposo.


Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, á coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino á herir mi imaginación y á ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. Á la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, ví una mujer arrodillada junto al altar.
Los oficiales se miraron éntre sí con expresion entre asombrada é incrédula; el capitán, sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:
—No podéis figuraros nada semejante á aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla como esas virgenes pintadas en los vidrios de
colores que habréis visto alguna vez destacarse á lo lejos, blancas y luminosas, sobre el obscuro fondo de las catedrales.
Su rostro ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura; su intensa palidez, las purisimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y flotante, me traían á la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aún osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.
Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la obscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
—Pero ... exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que, comenzando por echar á broma la historia, había concluido interesándose con su relato: ¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No la dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?

—No me determiné á hablarla, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme ni oirme.

—¿Era sorda?
—¿Era ciega?
—¿Era muda? exclamaron á un tiempo tres ó cuatro de los que escuchaban la relación.
—Lo era todo á la vez, exclame al fin el capitán después de un momento de pausa; porque era... de mármol.
Al oir el estupendo desenlace de tan extraiía aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:
—¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo á vuestra disposición, ya que, á lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.
—¡Oh! no ... continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino que aún permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que le cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademan suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.
—De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.

—Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde anoche comienzo á comprender la pasión del escultor griego.
—Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que, no tendrás inconveniente en presentarnos á ella. De mí sé decir que ya no vivo hasta ver esa maravilla. Pero ... ¿qué diantres te pasa? ... diríase que esquivas la presentación. ¡Já! ¡já! ¡já! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.

—Celoso, se apresuró á decir el capitán, celoso ... de los hombres no ... mas ved, sin embargo, hasta donde llega mi extravagancia. Junto á la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero, ... su marido sin duda.... Pues bien ... lo voy á decir todo, aunque os moféis de mi necedad ... si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.
Una nueva y aún más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.
—Nada, nada; es preciso que la veamos, decían los unos.
—Si, si, es preciso saber si el objeto corresponde á tan alta pasión, añadian los otros.
—¿Cuando nos reuniremos á echar un trago en la iglesia en que os alojáis? exclamaron los demás.
—Cuando mejor os parezca: esta misma noche si queréis, respondió el joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos.—Á propósito. Con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de Champagne, verdadero Champagne, restos de un regalo hecho á nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo pariente.
¡Bravo! ¡bravo! exclamaron los oficiales á una voz, prorrumpiendo en alegres exclamaciones.
—¡Se bebera vino del país!

—¡Y cantaremos una canción de Ronsard!
—Y hablaremos de mujeres, á proposito de la dama del anfitrión.
—Conque ... ¡hasta la noche!
—Hasta la noche.



III


Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el ultimo toque de silencio de los clarines, cuando diez ó doce oficiales que poco á poco habían ido reuniéndose en el Zocodover, tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas botellas, que con el deseo de conocer la-maravillosa escultura.
La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos, ó hacia girar con un chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.
Apenas los oficiales dieron vista á la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo amigo, este, que les aguardaba impaciente, salió á encontrarles; y después de cambiar algunas palabras á media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las obscuras y espesísimas sombras.
—¡Por quien soy! exclamo uno de los convidados tendiendo a su alrededor la vista, que el local es de los menos aproposito del mundo para una fiesta.
—Efectivamente, dijo otro; nos traes á conocer á una dama, y apenas si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.
—Y sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la Siberia, añadió un tercero arrebujándose en el capote.

—Calma, señores, calma, interrumpió el anfitrión; calma, que á todo. se proveerá. ¡Eh, muchacho! prosiguió dirigiéndose á uno de sus asistentes; busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.
El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó á descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña que fué apilando al pie de las gradas del presbiterio, tomó la linterna y se dispuso á hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores entre los que se veían por aquí parte de una columnilla salomónica, por allá la imagen de un santo abad, el torso de una mujer, ó la disforme cabeza de un grifo asomado entre hojarasca.
Á los pocos minutos, una gran claridad que de improviso se derramó por todo el ámbito de la iglesia, anunció á los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín.
El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose á los convidados:
—Si gustáis, pasaremos al buffet.
Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron á la invitación con un cómico salido, y se encaminaron á la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar á la escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:
—Tengo el placer de presentaros á la dama de mis pensamientos. Creo que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.

Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los labios.
En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.
—En verdad que es un ángel, exclamó uno de ellos.
—¡Lástima que sea de mármol! añadió otro.
—No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto á una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.
—¿Y no sabéis quién es ella? preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.
—Recordando un poco del latín—que en mi niñez supe, he conseguido, á duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el interpelado; y á lo que he podido colegir, pertenece á un título de Castilla, famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que véis, se llama doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que si la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.

Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista al principal objeto de la reunión, procedieron á destapar algunas de las botellas y sentándose alrededor de la lumbre, empezó á andar el vino á la ronda.

Á medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso Champagne comenzaba á trastornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban á los monjes de granito adosados en los pilares los cascos de las botellas vacías, y aquellos cantaban á toda voz canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso, ó disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.
El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los ojos de la estatua de doña Elvira.
Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y á través del confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba áveces en una mujer real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se alzaba su pecho' como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.
Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole una copa, exclamaron en coro:
—¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!
El joven tomó la copa, y poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto á doña Elvira:
—¡Brindo por el emperador, y brindo por la fortuna de sus armas, merced á las cuales hemos podido venir hasta el
fondo de Castilla á cortejarle su mujer, en su misma tumba, á un vencedor de Ceriñola!
Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dio algunos pasos hacia el sepulcro.
—No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez ...no creas que te tengo rencor alguno porque veo en tí un rival... al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serias bebedor á fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!
Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver como caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.
—¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba, cuidado con lo que hacéis.... Mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á los húsares del 5° en el monasterio de Poblet. ... Los guerreros del claustro dicen que pusieron
mano una noche á sus espadas de granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.
Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el capitán sin hacer caso de sus lisas, continuó siempre fijo en la misma idea:
—¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca? ... ¡Oh! ... ¡no! ... yo no creo como vosotros que esas estatuas son un pedazo de marmól tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.
—¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue. El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con una exaltación creciente:
—¡Miradla! ... ¡miradla! ... ¿No véis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes? ... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz de color de rosa? ... ¿Queréis más vida? ... ¿Queréis más realidad? ...
—¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos que fuese de carne y hueso.
—¡Carne y hueso! ... ¡Miseria, podredumbre! ... exclamo el capitán. Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de 'brisa del mar para mi frente calurosa,
beber hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofréciendome un tesoro de amor.... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.
—¡Capitán! exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros... ¿qué locura váis á hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz á los muertos!
El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y como pudo llegó á la tumba y aproximbe á la estatua; pero al tenderle los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca y nariz había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro.
Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían á dar un paso para prestarle socorro.
En el momento en que su camarada intento acercar sus labios ardientes á los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra.