11 febrero, 2009

los hombres que no amaban a las mujeres



(...) Observó desconfiado a su colaboradora,
Lisbeth Salander, treinta y dos años más joven
que él, y constató por enésima vez que sería difícil encontrar
otra persona que pareciera más fuera de lugar en esa
prestigiosa empresa de seguridad. Se trataba de una desconfianza
tan sensata como irracional. A ojos de Armanskij,
Lisbeth Salander era, sin ninguna duda, la investigadora
más competente que había conocido en sus
cuarenta años de profesión. Durante los cuatro años que
ella llevaba trabajando para él no había descuidado jamás
un trabajo ni entregado un solo informe mediocre.
Todo lo contrario: sus trabajos no tenían parangón
con los del resto de colaboradores. Armanskij estaba convencido
de que Lisbeth Salander poseía un don especial.


Cualquier persona podía buscar información sobre la solvencia
de alguien o realizar una petición de control en el
servicio de cobro estatal, pero Salander le echaba imaginación
y siempre volvía con algo completamente distinto
de lo esperado.


Él nunca había entendido muy bien cómo
lo hacía; a veces su capacidad para encontrar información
parecía pura magia. Conocía los archivos burocráticos
como nadie y podía dar con las personas más difíciles de
encontrar. Sobre todo, tenía la capacidad de meterse en la
piel de la persona a la que investigaba. Si había alguna
mierda oculta que desenterrar, ella iba derecha al objetivo
como si fuera un misil de crucero programado.
No cabía duda de que tenía un don.


Sus informes podían suponer una verdadera catástrofe
para la persona que fuera alcanzada por su radar. Armanskij
todavía se ponía a sudar cuando se acordaba de aquella
ocasión en la que, con vistas a la adquisición de una empresa,
le encomendó el control rutinario de un investigador
del sector farmacéutico. El trabajo debía hacerse en el plazo
de una semana, pero se fue prolongando.


Tras un silencio de cuatro semanas y numerosas advertencias, todas ellas ignoradas,
Lisbeth Salander volvió con un informe que ponía
de manifiesto que el tipo en cuestión era un pedófilo; al
menos en dos ocasiones había contratado los servicios de
una prostituta de trece años en Tallin. Además, ciertos indicios
revelaban un interés malsano por la hija de la mujer
que por aquel entonces era su pareja.



Salander tenía características muy singulares que, de
vez en cuando, llevaban a Armanskij al borde de la desesperación.


Al descubrir que se trataba de un pedófilo no
llamó por teléfono para advertir a Armanskij ni irrumpió
apresuradamente en su despacho pidiendo una reunión
urgente. Todo lo contrario: sin indicar con una sola palabra
que el informe contenía material explosivo de proporciones
más bien nucleares, una tarde lo depositó encima
de su mesa, justo cuando Armanskij iba a apagar la
luz y marcharse a casa.


Se llevó el informe y no lo leyó hasta más tarde, por la
noche, cuando, ya relajado en el salón de su chalé de Lidingö,
compartía con su esposa una botella de vino mientras
veían la tele.

Como siempre, el informe estaba redactado con una
meticulosidad casi científica, con notas a pie de página,
citas y fuentes exactas. Los primeros folios daban cuenta
del historial de aquel individuo, de su formación, su carrera
profesional y su situación económica.


No fue hasta la página 24, en un discreto apartado, cuando Salander
—en el mismo tono objetivo que empleó para informar
de que el susodicho vivía en un chalé de Sollentuna y
conducía un Volvo azul oscuro— dejó caer la bomba de
la verdadera finalidad de los viajes que el tipo realizaba a
Tallin. Para demostrar sus afirmaciones Lisbeth remitía
a la documentación contenida en un amplio anexo,
donde había, entre otras cosas, fotografías de la niña de
trece años en compañía del sujeto.


La foto se había hecho en el pasillo de un hotel de Tallin y él tenía una mano
bajo el jersey de la niña. Además —sabe Dios cómo—,
Lisbeth consiguió localizar a la niña y logró convencerla
para que dejara grabada una detallada declaración.


El informe creó aquel caos que precisamente Armanskij
quería evitar a toda costa.


Para empezar tuvo que tomarse un par de pastillas de las que su médico le
había recetado para la úlcera. Luego convocó al cliente a
una triste reunión relámpago. Al final, y a pesar de la lógica
reticencia del cliente, tuvo que entregarle el material
a la policía.


Esto último quería decir que Milton Security
se arriesgaba a verse involucrada en una espiral de acusaciones
y contraacusaciones. Si la documentación no hubiera
resultado lo suficientemente fidedigna o el hombre
hubiese sido absuelto, la empresa habría corrido el riesgo
potencial de ser procesada por difamación. En fin, una
pesadilla.



Sin embargo, la llamativa ausencia de compromiso
emocional de Lisbeth Salander no era lo que más le molestaba.
En el mundo empresarial la imagen resultaba
fundamental, y la de Milton representaba una estabilidad
conservadora. Salander encajaba en esa imagen tanto
como una excavadora en un salón náutico.


A Armanskij le costaba hacerse a la idea de que su
investigadora estrella fuera una chica pálida de una delgadez
anoréxica, pelo cortado al cepillo y piercings en la
nariz y en las cejas. En el cuello llevaba tatuada una
abeja de dos centímetros de largo. También se había hecho
dos brazaletes: uno en el bíceps izquierdo y otro en
un tobillo. Además, al verla en camiseta de tirantes, Armanskij
había podido apreciar que en el omoplato lucía
un gran tatuaje con la figura de un dragón. Lisbeth era
pelirroja, pero se había teñido de negro azabache. Solía
dar la impresión de que se acababa de levantar tras haber
pasado una semana de orgía con una banda de heavy
metal.


En realidad, no tenía problemas de anorexia; de eso
estaba convencido Armanskij. Al contrario: parecía consumir
toda la comida-basura imaginable. Simplemente
había nacido delgada, con una delicada estructura ósea
que le daba un aspecto de niña esbelta de manos finas, tobillos
delgados y unos pechos que apenas se adivinaban
bajo su ropa. Tenía veinticuatro años, pero aparentaba
catorce.



Una boca ancha, una nariz pequeña y unos prominentes
pómulos le daban cierto aire oriental. Sus movimientos
eran rápidos y parecidos a los de una araña;
cuando trabajaba en el ordenador, sus dedos volaban sobre
el teclado. Su cuerpo no era el más indicado para
triunfar en los desfiles de moda, pero, bien maquillada,
un primer plano de su cara podría haberse colocado en
cualquier anuncio publicitario. Con el maquillaje —a veces
solía llevar, para más inri, un repulsivo carmín negro—,
los tatuajes, los piercings en la nariz y en las cejas
resultaba… humm… atractiva, de una manera absolutamente
incomprensible. (...)



(...) A Armanskij no le gustaba nada la idea de
soltar a Lisbeth Salander en un enredo así, como un misil
de crucero incontrolable.
No se trataba sólo de un gesto de consideración hacia
la empresa. Salander había dejado muy claro que no
quería que Armanskij ejerciera el papel de padrastro
preocupado, y después de su acuerdo se había esforzado
en no hacerlo, pero en su fuero interno nunca dejaría de
preocuparse por ella. A veces se sorprendía a sí mismo
comparando a Salander con sus propias hijas. Se consideraba
un buen padre que no se metía en sus vidas privadas
de manera innecesaria, pero sabía que nunca aceptaría
que se comportaran como Lisbeth Salander, ni que llevaran
ese tipo de vida.
En lo más profundo de su corazón croata —o tal vez
bosnio o armenio— nunca había podido liberarse de la
convicción de que la vida de Salander iba derecha a una
desgracia. Ante sus ojos, ella constituía la víctima perfecta
para todo aquel que le deseara el mal y temía la mañana
en la que lo despertara la noticia de que alguien le
había hecho daño. (...)


LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDON DE GASOLINA




Estaba atada con correas de cuero a una estrecha litera con una estructura de acero templado. El correaje le oprimía el tórax. Se hallaba boca arriba. Tenía las manos esposadas paralelamente al cuerpo.Hacía mucho tiempo que había desistido de todo intento de soltarse. Estaba despierta pero con los ojos cerrados. Si los abriera sólo vería la oscuridad; la única luz existente era un tímido rayo que se filtraba por encima de la puerta. Tenía mal sabor de boca y ansiaba lavarse los dientes.Una parte de su conciencia aguardaba el sonido de unos pasos que anunciaran la llegada de él. Ignoraba qué hora de la noche era, pero le parecía que empezaba a ser demasiado tarde para que él la visitara. Una repentina vibración de la cama le hizo abrir los ojos. Era como si una máquina se hubiese puesto en marcha en algún lugar del edificio. Unos segundos después ya no estaba segura de si se trataba de un ruido real o de si se lo había imaginado.Tachó un día más en su mente.Era el número cuarenta y tres de su cautiverio.Le picaba la nariz y giró la cabeza de tal manera que pudo rascarse contra la almohada. Sudaba. En la habitación hacía calor y el aire resultaba sofocante. Llevaba un sencillo camisón que se le arrugaba en la espalda. Al mover la cadera pudo atrapar la prenda con los dedos índice y corazón para irla bajando, centímetro a centímetro, por uno de los lados. Repitió el procedimiento con la otra mano. Pero el camisón presentaba todavía un pliegue en la parte inferior de la espalda. El colchón estaba arrugado y no era nada confortable. A causa de su absoluto aislamiento, todas las pequeñas impresiones, en las que en otras circunstancias no habría reparado, se intensificaban considerablemente. El correaje estaba lo bastante flojo como para que pudiera cambiar de postura y ponerse de lado, pero le resultaba incómodo, ya que entonces debía tener una mano en la espalda y se le dormía el brazo.No tenía miedo. En cambio, sentía una rabia contenida cada vez mayor.Al mismo tiempo, le atormentaban sus propios pensamientos, que se transformaban constantemente en desagradables fantasías sobre lo que iba a ser de ella. Odiaba esa forzada indefensión. Por mucho que intentara concentrarse en otra cosa para pasar el tiempo y olvidarse de su situación, la angustia siempre acababa por aflorar. Flotaba en el aire como una nube de gas que amenazaba con penetrar por sus poros y envenenar su existencia. Había descubierto que la mejor manera de mantener alejada esa angustia era imaginándose algo que le transmitiera una sensación de fuerza. Cerró los ojos y evocó el olor a gasolina.él estaba sentado en un coche con la ventanilla bajada. Ella se acercó corriendo, echó la gasolina al interior y encendió una cerilla. Fue cuestión de segundos. Las llamas surgieron en el acto. él se retorcía de dolor mientras ella oía sus gritos de horror y sufrimiento. También pudo sentir el olor de la carne quemada y otro más intenso, a plástico y espuma, producido por los asientos, que se estaban carbonizando.Es probable que se hubiera quedado transpuesta, porque no percibió sus pasos, pero se despertó nada más abrirse la puerta. La luz la deslumbró. él había llegado a pesar de todo.Era alto. Ella ignoraba su edad, pero se trataba de una persona adulta. Pelo enmarañado de color caoba, gafas de montura negra y una perilla poco poblada. Olía a colonia.Odiaba su olor.Permaneció callado al pie de la litera contemplándola durante un largo instante. Odiaba su silencio.Su cara se hallaba en la penumbra; ella sólo apreciaba su silueta. De repente le habló. Tenía una voz grave y clara que acentuaba cada palabra con pedantería.Odiaba su voz.Le dijo que, como hoy era su cumpleaños, la quería felicitar. El tono de su voz no resultaba ni antipático ni irónico. Más bien neutro. Ella imaginó que él sonreía.Lo odiaba.Se acercó más y bordeó la litera hasta el cabecero. Le puso el dorso de su mano húmeda en la frente y, con un gesto que tal vez pretendía ser amable, le pasó los dedos por el nacimiento del pelo. Era su regalo de cumpleaños.Odiaba que la tocara.él le habló. Ella lo vio mover la boca pero se aisló del sonido de su voz. No quería escuchar. No quería contestar. Le oyó elevar el tono. Un deje de irritación ante su falta de respuesta se había infiltrado en su voz. Le habló de confianza mutua. Al cabo de varios minutos se calló. Ella ignoró su mirada. Luego él se encogió de hombros y empezó a ajustarle las correas de cuero. Le apretó el correaje un agujero más sobre el pecho y se inclinó sobre la joven.De repente, del modo más brusco que pudo y hasta donde las correas le permitieron, ella se giró a la izquierda, alejándose de él. Subió las rodillas hasta la barbilla e intentó pegarle una fuerte patada en la cabeza. Apuntó a la nuez y, con la punta del dedo de un pie, le dio en algún sitio por debajo de la barbilla, pero como él estaba prevenido, ya había apartado el cuerpo, de modo que todo se quedó en un ligero golpe apenas perceptible. Intentó darle otra patada, pero él ya se encontraba fuera de su alcance.Dejó caer las piernas sobre la litera.La sábana colgaba de la cama hasta el suelo. El camisón se le había subido muy por encima de las caderas.Permaneció quieto largo tiempo sin decir nada. Luego dio la vuelta a la litera y cogió el correaje de los pies. Ella intentó subir las piernas pero él le agarró un tobillo; con la otra mano le bajó la rodilla a la fuerza y le aprisionó el pie con la correa. Pasó al lado contrario de la cama y le inmovilizó también el otro pie.De ese modo ella quedaba completamente indefensa.Recogió la sábana del suelo y la tapó. La contempló en silencio durante dos minutos. En la penumbra ella pudo sentir su excitación, a pesar de que él fingió no tenerla y de que no se la mostró. Pero seguramente estaba teniendo una erección. Ella sabía que él deseaba acercar una mano y tocarla.Luego él dio media vuelta, salió y cerró la puerta. Lo oyó echar el cerrojo, cosa completamente innecesaria, ya que ella no tenía ninguna posibilidad de soltarse.Se quedó varios minutos contemplando el fino rayo de luz que asomaba por encima de la puerta. Luego se movió intentando hacerse una idea de lo apretadas que estaban las correas. Fue capaz de subir un poco las rodillas pero tanto las correas de los pies como el resto del correaje se tensaron en el acto. Se relajó. Permaneció completamente quieta mirando al vacío.Aguardaba. Fantaseó con un bidón de gasolina y una cerilla.Lo vio empapado de gasolina. Podía sentir físicamente la caja de cerillas en la mano. La movió. Produjo un sonido áspero y seco. La abrió y eligió una. Le oyó decir algo pero hizo oídos sordos y no escuchó sus palabras. Vio la expresión de su rostro cuando acercó la cerilla al rascador. Oyó el chasquido del fósforo contra el rascador. Fue como el estallido prolongado de un trueno. Vio cómo todo ardía en llamas.Una dura sonrisa se dibujó en sus labios. Se armó de paciencia.Esa noche cumplía trece años.



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