
SI ALGUIEN ME QUIERE, NO ESTÁ EN SU CABAL JUICIO
Ya que hablamos de amor, empecemos por una advertencia importante. Dostoievski
decía que el texto bíblico «ama a tu prójimo como a ti mismo» seguramente ha de
entenderse al revés, es decir, que sólo se puede amar al prójimo cuando uno se ama a sí
mismo.
Con menos elegancia, pero, en cambio, con más precisión, Marx (Groucho, no Karl)
expresó la misma idea decenios más tarde: «Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de
un club que estuviese dispuesto a aceptarme como tal.» Si usted se toma la molestia de
sondear la hondura de este chiste, ya puede considerarse preparado para lo que sigue.
En todo caso, ser amado es algo enigmático. Investigar para poner en claro el asunto,
no es aconsejable. En el mejor de los casos, el otro no sabrá qué decirle; en el peor de los
casos, resultará que su motivo es algo que usted mismo hasta el momento no había tenido
nunca como su cualidad más agraciada; por ejemplo, un lunar en su hombro izquierdo.
Otra vez y sin lugar a dudas, callar es oro.
Ya empieza a verse más claro lo que de aquí puede aprenderse para nuestro tema.
No acepte simplemente agradecido lo que la vida le ofrece por medio de su consorte
(que sin duda también merece su amor). Cavile. Pregúntese en secreto —no a su
consorte— por qué será. Pues éste, evidentemente, habrá hecho sus pensamientos se-
cretos al respecto. Y por cierto no se los va a revelar.
Personalidades esencialmente más importantes que yo se han afanado inútilmente
por desentrañar esta paradoja del amor humano y sobre el amor humano se basan
algunas de las creaciones más famosas de la literatura universal. Fijémonos en la frase
siguiente de una carta de Rousseau a Madame d'Houdetot: «Si Vos llegáis a ser mía,
voy a perderos, precisamente porque luego os poseeré, a Vos, a quien adoro.» Puede
que sea útil leer la frase otra vez. Lo que parece que Rousseau quiere decir es: el que
se me entrega, por esto mismo ya no es apto para seguir siendo el prototipo de mi
amor. (Este concepto aparentemente exaltado es de uso corriente en un conocido
país meridional, en donde el amante, convencido de su pasión, asalta a su adorada
para que le conceda su amor, y, tan pronto como ella se deja conquistar, la desprecia, pues
una mujer decente nunca habría hecho «esto». En el mismo país rige también el principio -
está claro, nunca reconocido oficialmente— de que todas las mujeres son putas, excepto mi
madre -ella fue una santa-. Es evidente, con la madre, «esto», naturalmente, no iría.)
En su obra famosa, El ser y la nada, Jean-Paul Sartre define el amor como un intento
vano de poseer una libertad como libertad. Sobre esto explica (19, pág. 434):
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«Por otra parte, (el amante) no se daría por satisfecho con esta forma eminente de
libertad que consiste en el compromiso libre y voluntario. ¿Quién se contentaría con un
amor que se diese como pura fidelidad a la fe jurada? ¿Quién aceptaría que le dijesen: «te
amo, porque me he comprometido libremente a amarte y no quiero faltar a mi palabra; te
amo por fidelidad a mí mismo»? De este modo, el amante pide el juramento y se irrita por
el juramento. Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como libertad,
ya no sea más libre.»
Más detalles sobre estas extrañas e insolubles complicaciones del amor (y de muchas
otras formas de conducta aparentemente irracional) los encontrará el lector interesado en el
libro Uíysses and tht Sirens (2) del filósofo noruego Jon Elster. Pero para cubrir las
necesidades del principiante, seguramente ya basta con lo dicho. Aun cuando no sea
capaz de lograr la maestría de los Grouchos Marx de este mundo, no por esto necesita
relegarse permanentemente a un bajo nivel de habilidad. El requerimiento clave es su
falta de convencimiento de ser digno del amor de los demás. Con esto, por de pronto, ya
se desacredita todo aquel que quiere a alguien. Pues el que quiere a alguien que no
merece ser querido, no está en su cabal juicio. Defectos característicos como masoquismo,
apego neurótico a una madre castradora, fascinación morbosa por lo de calidad inferior y
otros motivos de esta especie serían las explicaciones del amor del hombre o de la mujer
en cuestión y, por lo mismo, harían su amor insoportable. (Para escoger el diagnóstico más
satisfactorio se precisan unos ciertos conocimientos de psicología o al menos haber
participado en sesiones de grupos de encuentro.)
Y así se descubre la mezquindad no sólo del ser amado, sino también del amante y
hasta del mismo amor. ¿Qué más se puede pedir? De todos los autores que conozco,
Laing en sus Knots es el que mejor ha expuesto este dilema, por esto cito textualmente sus
palabras (9, pág. 18):
«No me aprecio a mí mismo.
No puedo apreciar a nadie que me aprecie.
Sólo puedo apreciar al que no me aprecia.
Aprecio a Jack,
porque no me aprecia.
Desprecio a Tom
porque no me desprecia.
Sólo una persona despreciable
puede apreciar a alguien
tan despreciable como yo.
No puedo querer a nadie
a quien yo desprecie.
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Como quiero a Jack
no puedo creer que él me quiera.
¿Cómo puede demostrármelo?»
Sólo a primera vista parece esto absurdo, pues las complicaciones que comporta este
punto de vista son clarísimas. Ello no tendría que desanimar a nadie; o como dice
Shakespeare en uno de sus sonetos: «Esto lo saben todos; pero no saben cómo huir del
cielo, que atrae este infierno.» Lo más práctico, en definitiva, es enamorarse deses-
peradamente de una persona casada, de un cura, de una estrella de cine o de una cantante
de ópera. De este modo, uno viaja lleno de esperanza sin llegar nunca. Y, además, se ahorra
la desilusión de tener que comprobar que el otro a lo mejor está dispuesto a aceptar la
relación, con lo que inmediatamente se convertiría en inatractivo.
EPILOGO
La regla fundamental que dice que el juego no es ningún juego, sino algo
tremendamente serio, hace que la vida sea un juego sin fin, que sólo la muerte
acaba. Si esto ya resulta bastante paradójico, aquí tenemos una segunda paradoja: la
única regla que podría poner fin a este juego tan serio no es ni siquiera una regla
de este juego. Tiene varios nombres que en el fondo significan lo mismo: honradez,
confianza, tolerancia.
Como canta el abad, responde el sacristán. Ya lo sabemos de cuando éramos
niños. Y también comprendemos que debe ser así; pero sólo hay unos pocos felices
que lo crean. Si lo creyéramos, también sabríamos que no sólo somos los creadores de
nuestra desdicha, sino que del mismo modo podríamos crear nuestra felicidad.
Este libro empezó con Dostoievski, y tiene que finalizar con él. En los Demonios,
dice uno de los personajes más enigmáticos que Dostoievski jamás creara: «Todo es
bueno..., todo. El hombre es desdichado, porque no sabe que sea dichoso. Sólo por esto. ¡Esto
es todo, todo! Quien lo reconozca, será feliz en el acto, en el mismo instante...» Tan
desesperadamente simple es la solución.
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