(...) Hay que estar siempre de parte del muerto (...)
(...) De pronto sentí los dedos ansioso que me soltaban los botones de la camisa, y sentí el olor peligroso de la bestia de amor acostada a mis espaldas, y sentí que me hundia en las delicias de las arenas movedizas de su ternura. Pero se detuvo de golpe, tosió desde muy lejos y se escurrió de mi vida.
- No puedo- dijo - : Hueles a él. (...)
(...) descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba tambien el rencor feliz (...)
(...) Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen solo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni mas servidumbre que la de su obsesión.
Escribió una carta semanal durante media vida. - A veces no se me ocurria qué decir -me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo.- . Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y por ultimo fueron las cartas indignadas (...)
(...) En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecia insensible a su delirio: era como escribirle a nadie.
Le escribió una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde la noche funesta. se quedó convencida de que aquel deshago terminal sería el último de su agonia. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguio escribiendo sin cuartel durante diecisiete años.
Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. _Bueno - dijo-, aquí estoy.
LLevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos en cintas de colores, y todas sin abrir (...)
(...) En el folio 382 del sumario escribió otro sentencial marginal con tinta roja: " La fatalidad nos hace invisibles".
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