El león mata mirando.
Primero se acerca despacio… en silencio, porque tiene nubes en las patas y le matan el ruido. Después salta y le da un revolcón a la víctima, un manotazo que tira, más que por fuerza, por sorpresa.
Después la queda viendo. La mira a su presa. El pobre animalito que va a morir se queda viendo nomás, mira el león que lo mira.
El animalito ya no se ve él mismo, mira lo que el león mira, mira la imagen del animalito en la mirada de león, mira que, en su mirarlo del león, es pequeño y débil.
El animalito ni se pensaba si es pequeño y débil, era pues un animalito, ni grande ni pequeño, ni fuerte ni débil. Pero ahora mira en el mirarlo del león, mira el miedo. Y, mirando que lo miran, el animalito se convence, él solo, de que es pequeño y débil. Y, en el miedo que mira que lo mira el león, tiene miedo.
Y entonces el animalito ya no mira nada, se le entumen los huesos así como cuando nos agarra el agua en la montaña, en la noche, en el frío. Y entonces el animalito se rinde así nomás, se deja, y el león se lo zampa sin pena.
Así mata el león. Mata mirando.
Pero hay un animalito que no hace así, que cuando lo topa el león no le hace caso y se sigue como si nada, y si el león lo manotea, él contesta con un zarpazo de sus manitas, que son chiquitas pero duele la sangre que sacan.
...Y este animalito no se deja del león porque no mira que lo miran… es ciego.

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