28 marzo, 2011

No le temo a la impaciencia de sentirme derruido


No le temo a la impaciencia de sentirme derruido

No le tengo miedo al negror de la muerte

ni a la frialdad de una lápida marmórea

ni a la certeza de terminar siendo la cena

de gusanos, larvas y raíces.

No le temo a las soledades infinitas del ocaso

ni a las tinieblas ininterrumpidas

de las calles nocturnas

ni al aullido de los lobos

ni al maullar de los gatos

ni al silencio de las aves

despobladas de sus cielos

ni al murmullo de las fuentes

en ausencia de turistas.





No le temo a las quimeras

ni a los ensueños mendigantes

ni a las puertas oxidadas

ni a la furia del averno.

No le temo al porvenir

ni al pasado ni al presente

ni a ese tiempo persistente

que acaricia incertidumbres

enredado en aspavientos.





No le temo a los infiernos

de la guerra y del espanto

ni a la paz de los sepulcros

ni al recuerdo inverosímil

de personas taciturnas

ni a la ausencia de recuerdos

en memorias más que ajenas

ni a la amnesia ni al desastre

ni al mareo ni al desquite.

No le temo a las bandadas

de bandidos bandoleros

ni a la ignorancia ni a su violencia delincuente

ni a los cerros ni a los llanos

ni a la hondonada indiferente y agresiva

ni al embate destructivo de las hordas asesinas





Ya no le temo a la carestía

ni a la falta de rocío en los ramales

ni al exceso de rocío en la mejillas

ni a los vientos ni a las turbas

ni a los mares ni a sus olas

embistiendo las orillas con su furia de titanes.

No le temo ya a la vida

ni a sus modas ni a sus ansias

ni a sus dioses ni a sus vallas

ni al suplicio consumista

subyugante en las aceras.





Le temo sí; y mucho,

a la Nada

Le temo sí, aún más,

al desvanecer de la conciencia

sin registros de presencia…

a la propia inexistencia.
 

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