16 septiembre, 2005

En un rincón del Pensamiento

Este es un dibujo q hice en una de "nuestras escapadas" al monte
A los treinta la vida se sigue viendo como a los veinte, pero con la angustia que da saber que la esperanza de vida ha sido rebajada en diez años. Sigo siendo la misma persona que antes, aunque con más experiencia en algunas situaciones.
He dejado atrás cosas que aun hoy añoro. Echo de menos, los animales a los que crié y a los que ayudé a vivir:
Mi primer pájaro, el que nunca tuvo nombre, que se cayó del nido de una farola al nacer, y al que adopte sin que mis padres se enteraran hasta meses después... y sobre todo a Laika. Laika era una de las perras que tenían mis primos en el campo, un cruce entre Pastor Alemán y Husky Siberiano. Tenía los ojos azules, y su pelaje era marrón y gris. Era una perra grande, y siempre se escapaba y acababa en nuestra casa. Nunca entendimos por que lo hacia. No la adoptamos, mas bien ella decidió adoptarnos a nosotros. Cuando me levantaba por las mañanas ya estaba ella esperando fuera, siempre estaba rondando por allí. Laika me acompañaba en mis subidas al monte, siempre conmigo...aunque nunca entendí por que me había elegido a mí, precisamente a mí, que me daban miedo los perros. No era mía, ni yo era su ama, pero algo nos unía mas allá de toda lógica. Nunca utilizó un collar ni una cadena. Era libre. No la veía con demasiada frecuencia, solo los fines de semana y en vacaciones...pero ella me reconocía y siempre paseábamos juntas por el monte. Cuando por las noches me tumbaba a mirar el cielo y las estrellas, ella estaba a mi lado. A Laika la ví morir. Nunca lo olvidaré, y me entristezco cuando recuerdo su sufrimiento. No pude hacer nada para evitarlo, solo llorar y suplicar, pero una vez mas, mis suplicas no le concedieron el indulto. Hoy pienso que tenia que haber sido mas dura y tajante, que quizá debí haberme ido de casa (como amenacé), haber hecho alguna barbaridad, o no haberles vuelto a hablar nunca en la vida, pero a los 20 tienes miedo de que te comparen con una cría, y no lo hice y a Laika la envenenaron, la envenenó la gente en la que confiaba. Dijeron que era necesario, que no podíamos quedarnos con ella, puesto que no vivíamos allí y sus dueños se habían desentendido. Que éramos muchos, que los nanos eran muy pequeños y que no podíamos hacernos cargo de un animal. Q no podíamos llevarla a la ciudad porque no podría vivir en un piso, y que allí sola se moriría, porque no era capaz de buscarse la vida por sus medios.
No pudieron meterla en el coche para llevársela, no quiso. Y aunque llamamos, nadie vino a recogerla. Cuando se dio cuenta de lo que le habían dado, era tarde, y se quedó allí, en el mismo sitio de siempre. Ví como su cuerpo se iba paralizando lentamente y oí sus aullidos; eran lamentos que resonaban en mi corazón como golpes directos que te dejan sin oxigeno en el cerebro. La ví agonizar lentamente, poco a poco.
Lloré por ella y por mí, y solo hablé para pedir que por favor la acabaran de rematar. Aquel animal sufría como no había visto sufrir a nadie nunca.
Le pegaron un tiro. Lo oí en la lejanía, y el silencio posterior me dijo que ya había acabado todo, que ya no sufriría mas. Mas tarde fuí a ver sus cenizas, pero no me atreví a acercarme mientras se quemaba.
Lloré tanto que aun me duelen los ojos de recordarlo, los suyos no los he conseguido olvidar, su mirada de pánico.
Yo no pude o no supe ayudarla, aun a sabiendas de que ella confiaba en mí. Laika sigue en mis pensamientos; se fue antes de hora, pero vuelve a mí, de la mano del recuerdo traicionero, que asoma cuando menos se le espera. Sé que si existe un cielo, o algo más allá de aquí, ella estará esperando allí. Y quien sabe, puede que nos volvamos a encontrar!
Espero que me haya perdonado.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

...Una historia tremenda y triste, Onice. Me hiciste recordar esa primera experiencia del amor de los animales, hacia ellos y de ellos a nosotros. El mío se llamaba Lobo y un día desapareció; luego, fuímos dejando de ir al pueblo, la niñez quedó atrás... Pero ese cariño del animal se graba a través del tiempo...
SALUDANDO: LeeTamargo.-

Anónimo dijo...

Pues te voy a dar una mala noticia... a medida que uno (y una) se va haciendo más mayor, el sufrimiento ajeno, en el que incluyo el de los animales, se soporta peor. Llevo mal esas historias como la que cuentas. Me declaro cobarde para afrontar el sufrimiento y, cuanto más años cumplo, menos entiendo que nos sigamos procurando dolor. Un beso-lametón

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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