08 octubre, 2007

EL IMPARABLE SOLSTICIO






Yo había llegado a olvidarme de mí misma. Últimamente, no hacía otra cosa que no llevara consigo bullicio, jolgorio, algarabía. Como si la falta de bulla implicara la soledad o la melancolía, parecía que me hubiese propuesto estar toda mi vida de cachondeo. Sin preocuparme de las resacas del día siguiente, ni de la vertiginosa caducidad de las caricias sin sentimiento. Sólo vivir el día a día, con bulla, a castañuela batiente y sin tiempo para otra cosa. Entonces irrumpiste tú. No sé si entraste violentamente o con paso suave. Pero, sobre todo, con paso firme, hacia delante, como tú lo haces todo. Sin dudas, sin vacilaciones. Ingresaste en mi vida una mañana cálida de febrero y ya nunca saldrás de ella. Y fui conociéndote, poco a poco, a ciegas, sin presentir. Sin prejuzgar. Como si fuese a terminarse el mundo –que de alguna manera se termina- y sólo existiera el presente, así me entregaba yo a ti en cada encuentro. Sin temor ni proyecto. Subió el deseo por mis ojos, llegó hasta mi boca. Extraviado y a la vez recuperado. Y tú ahí, concreto, tangible aunque inaccesible para mí en esos momentos. Pero estabas a mi alcance. Me miraste a los ojos el primer día, justo después de haberme follado infinitas veces: metiste tus ojos en los míos y yo ya no vi más.

Y, de repente, como un milagro, te entregaste a mí en la forma que se entrega uno como un jarro que se vacía, sin que le quede nada dentro. Por eso esta vez he escuchado el disparo de salida y he echado a correr y a amarte. Sin gafas de cerca, dejando que todo vaya desarrollándose sobre la marcha. Sin más temores que los propios. Y cada día sucede un milagro aún mejor, un día aún más luminoso, una mañana aún más resplandeciente. Si yo te doy mil caricias, tú me las devuelves multiplicadas por cien mil, si yo te tiendo la mano tú me abrazas entera, si yo caigo, tú me alzas en tus alas y me dejas en un lugar, si acaso, más arriba del que estaba antes de caer. Si yo invento una estrella, tú ya la conocías anteriormente y le das el nombre del recuerdo. Y la haces tuya. Como a mí. Y juntos malgastamos, porque para eso es nuestro, el tiempo, y porque es lo único que con él puede hacerse (con el amor también, a manos llenas). Y juntos devoramos la menuda fruta de los besos con voracidad. Y sentimos el calor de los abrazos seguidos del hola y el frío del adiós de las despedidas nos atraviesa el alma con su filo (...)

El imparable invierno se acerca. Y con él, tú. Ambos os vais instalando, os siento llegar. Y llegarás ya pronto. A nuestra casa. Todo manga por hombro. Todo por ordenar. Las bombillas desnudas inaugurarán la luz a unos días llenos de albor, de resplandor. Y yo iré a esperarte. Y ya nunca tendré que dormir sin ti. Y volveremos a despertarnos juntos, a un mundo recién inaugurado, ileso, intacto, virgen. Día tras día. Con el afán de nuevas pasiones o, en su defecto, como decía Lezama Lima, el escritor cubano: utilizaremos las viejas pasiones con igual intensidad que si fueran nuevas. Con el ardor de siempre. Porque, en la vida y en el amor, todo es arder. Ahora y siempre.






Pd: No te recuerda...algo? ;) Tq




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