
Rechazado y traicionado por su primer amor, que lo abandonó, un adolescente levantó un muro cuadrado en el jardín de su casa. Sólo dejó una puerta para entrar y salir cuando le apeteciese. Sin darse cuenta, su rabia hacía que el muro cada hora fuese más alto. Allí dentro, acusaba de todo a la chica, sin ver cuánto de culpa tenía él.
Hasta que un día tuvo la necesidad de contactar con el mundo. Llamó a sus amigos. Vinieron todos y le contaron lo que pasaba fuera.
A través de ellos, el joven vivió las realidades de los demás y creyó que ya sabía todo lo necesario, que no necesitaba salir. Incapaz de ver lo positivo, se quedó únicamente con los problemas. Así que decidió no dejar entrar más a los amigos para no absorber esos problemas.
Pasaron los años. El muro seguía creciendo. Cuanto más se elevaba, menos intención tenía él de salir. Se decía, que si estando oculto tenía tantos problemas, fuera sería peor.
El día que cumplió veintidós años hizo un agujerito en la pared para mirar al otro lado. Se quedó boquiabierto al ver tanta gente, tantas mujeres hermosas que iban y venían, que se saludaban, hablaban, sonreían. Quiso salir. No pudo abrir la puerta, de estar tanto tiempo cerrada, la madera se había encajado. Desistió al primer intento y siguió mirando la realidad a través del agujerito.
Algún tiempo después, deseó tener una compañera, una de esas mujeres. Colgó un cartel, a través del agujero, en la pared externa de su muro: “Busco compañera”.
La noche de San Juan, una hermosa joven logró abrir esa puerta. Se coló en su casa. Bailó entre la madreselva que él había cultivado en soledad. Le invitó a compartir su baile. No pudo negarse, fue mayor su deseo que su temor a lo desconocido. Se enamoró. Deseó salir del muro. Correr. Gritar. Estar con ella a todas horas. Estallar…Comprendió que para poder realizar su sueño, tendría que vivir en aquel mundo que tanto miedo le daba. Armado de todo su valor, tomó la decisión de hacerlo. La muchacha le confesó que estaba casada y no volvió.
El joven se sintió tan traicionado y herido como la primera vez. Decidió tapiar su puerta. Ya no tenía interés por nada de lo que ocurría fuera. Cayó en una profunda tristeza. Su rabia y su dolor seguían aumentando. Crecía el muro.
Hasta que alguien le tiró un libro.
Se sintió fascinado al comprobar que a través de la lectura, podía vivir otra vida. Empezó a leer día y noche. Siguieron apareciendo libros en su puerta. Con los libros, descubrió y vivió cosas que jamás había visto. Le enseñaron a meditar, a comprenderse y encontrar algo de paz. Así que, al cumplir treinta años, deseó de nuevo ver qué pasaba fuera.
Construyó una escalera por la que enfilarse y mirar. Hizo una nueva puerta. Una vez acabada, se dio cuenta de que había estado encerrado dentro de su muro demasiados años. Ahora le daba miedo salir. Se esforzó una y otra vez. Lo único que consiguió fue quedarse en el quicio y observar desde allí, cómo vivían los demás. Algunas mujeres intentaron entrar en su mundo. No las dejó. Se hacía muchas preguntas.
“¿Les gustará mi espacio? ¿Les gustaré yo? ¿Y si no les gusto? ¿Y si a ella no le gusta leer? ¿Y si me aburre?…”. Le asustaban tanto sus respuestas que decidió cerrar la puerta.
Rozando los cuarenta, al atardecer, una luz verde muy brillante iluminó el final de su muro. La siguió con la vista. Se movía de aquí para allá.
-¿Qué sería esa luz? -Le intrigaba.
Lo mismo ocurrió los días siguientes. Esa luz esmeralda le distraía cada vez más de su lectura. Decidió asomarse. Se dio cuenta de que el muro era diez veces más alto que la escalera que había hecho años atrás.
Puso manos a la obra para construir una nueva escalera. El día que consiguió mirar, abrió los ojos de par en par, ¡qué distinto era todo!.
Buscó la luz verde esmeralda. Le sorprendió. Rodeaba a una mujer más o menos de su edad. La observó. Era muy vital. Sonreía. Iba de aquí para allá, rodeada de niños.
Él, no quería variar su rutina, aunque no podía evitar distraerse de su lectura, cada vez que aparecía esa extraña luz. Le hacía sentirse diferente. Más alegre.
Una mañana llamaron a la puerta. Refunfuñando abrió. Toda su estancia se iluminó del color esmeralda de su luz. Era ella. Miró sus ojos. Eran verdes.
-Hola, quería saber si necesitas algo, como nunca te veo fuera -dijo sonriendo.
Con un gesto de su mano, la invitó a pasar. Se quedó cautivada al ver tantos libros juntos. Siempre había querido leer. Nunca pudo hacerlo. Él le contó que los había leído todos. La mujer iba cada día a visitarle. Le contaba cosas de otras ciudades a las que había viajado. Él le leía sus libros.
En menos de dos meses había salido del muro. Paseaban cogidos de la mano. El hombre, fascinado por la luz de sus ojos, sólo pensaba en estar con ella y realizar sus sueños.
Unos tres años después, descubrió que en su luz esmeralda, aparecían sombras cuando él se acercaba. Pensó que el mal estaba en ella, que intermitentemente, dejaba de emanar su luz.
Muy preocupado buscó en sus libros. Todos le dijeron lo mismo: “Con el amor, encontrarás tu espejo”.
Así, descubrió que las sombras eran su propio reflejo.
Hasta que un día tuvo la necesidad de contactar con el mundo. Llamó a sus amigos. Vinieron todos y le contaron lo que pasaba fuera.
A través de ellos, el joven vivió las realidades de los demás y creyó que ya sabía todo lo necesario, que no necesitaba salir. Incapaz de ver lo positivo, se quedó únicamente con los problemas. Así que decidió no dejar entrar más a los amigos para no absorber esos problemas.
Pasaron los años. El muro seguía creciendo. Cuanto más se elevaba, menos intención tenía él de salir. Se decía, que si estando oculto tenía tantos problemas, fuera sería peor.
El día que cumplió veintidós años hizo un agujerito en la pared para mirar al otro lado. Se quedó boquiabierto al ver tanta gente, tantas mujeres hermosas que iban y venían, que se saludaban, hablaban, sonreían. Quiso salir. No pudo abrir la puerta, de estar tanto tiempo cerrada, la madera se había encajado. Desistió al primer intento y siguió mirando la realidad a través del agujerito.
Algún tiempo después, deseó tener una compañera, una de esas mujeres. Colgó un cartel, a través del agujero, en la pared externa de su muro: “Busco compañera”.
La noche de San Juan, una hermosa joven logró abrir esa puerta. Se coló en su casa. Bailó entre la madreselva que él había cultivado en soledad. Le invitó a compartir su baile. No pudo negarse, fue mayor su deseo que su temor a lo desconocido. Se enamoró. Deseó salir del muro. Correr. Gritar. Estar con ella a todas horas. Estallar…Comprendió que para poder realizar su sueño, tendría que vivir en aquel mundo que tanto miedo le daba. Armado de todo su valor, tomó la decisión de hacerlo. La muchacha le confesó que estaba casada y no volvió.
El joven se sintió tan traicionado y herido como la primera vez. Decidió tapiar su puerta. Ya no tenía interés por nada de lo que ocurría fuera. Cayó en una profunda tristeza. Su rabia y su dolor seguían aumentando. Crecía el muro.
Hasta que alguien le tiró un libro.
Se sintió fascinado al comprobar que a través de la lectura, podía vivir otra vida. Empezó a leer día y noche. Siguieron apareciendo libros en su puerta. Con los libros, descubrió y vivió cosas que jamás había visto. Le enseñaron a meditar, a comprenderse y encontrar algo de paz. Así que, al cumplir treinta años, deseó de nuevo ver qué pasaba fuera.
Construyó una escalera por la que enfilarse y mirar. Hizo una nueva puerta. Una vez acabada, se dio cuenta de que había estado encerrado dentro de su muro demasiados años. Ahora le daba miedo salir. Se esforzó una y otra vez. Lo único que consiguió fue quedarse en el quicio y observar desde allí, cómo vivían los demás. Algunas mujeres intentaron entrar en su mundo. No las dejó. Se hacía muchas preguntas.
“¿Les gustará mi espacio? ¿Les gustaré yo? ¿Y si no les gusto? ¿Y si a ella no le gusta leer? ¿Y si me aburre?…”. Le asustaban tanto sus respuestas que decidió cerrar la puerta.
Rozando los cuarenta, al atardecer, una luz verde muy brillante iluminó el final de su muro. La siguió con la vista. Se movía de aquí para allá.
-¿Qué sería esa luz? -Le intrigaba.
Lo mismo ocurrió los días siguientes. Esa luz esmeralda le distraía cada vez más de su lectura. Decidió asomarse. Se dio cuenta de que el muro era diez veces más alto que la escalera que había hecho años atrás.
Puso manos a la obra para construir una nueva escalera. El día que consiguió mirar, abrió los ojos de par en par, ¡qué distinto era todo!.
Buscó la luz verde esmeralda. Le sorprendió. Rodeaba a una mujer más o menos de su edad. La observó. Era muy vital. Sonreía. Iba de aquí para allá, rodeada de niños.
Él, no quería variar su rutina, aunque no podía evitar distraerse de su lectura, cada vez que aparecía esa extraña luz. Le hacía sentirse diferente. Más alegre.
Una mañana llamaron a la puerta. Refunfuñando abrió. Toda su estancia se iluminó del color esmeralda de su luz. Era ella. Miró sus ojos. Eran verdes.
-Hola, quería saber si necesitas algo, como nunca te veo fuera -dijo sonriendo.
Con un gesto de su mano, la invitó a pasar. Se quedó cautivada al ver tantos libros juntos. Siempre había querido leer. Nunca pudo hacerlo. Él le contó que los había leído todos. La mujer iba cada día a visitarle. Le contaba cosas de otras ciudades a las que había viajado. Él le leía sus libros.
En menos de dos meses había salido del muro. Paseaban cogidos de la mano. El hombre, fascinado por la luz de sus ojos, sólo pensaba en estar con ella y realizar sus sueños.
Unos tres años después, descubrió que en su luz esmeralda, aparecían sombras cuando él se acercaba. Pensó que el mal estaba en ella, que intermitentemente, dejaba de emanar su luz.
Muy preocupado buscó en sus libros. Todos le dijeron lo mismo: “Con el amor, encontrarás tu espejo”.
Así, descubrió que las sombras eran su propio reflejo.
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