17 mayo, 2007

CAPÍTULO VII

Dibujo: Adentro II (Manuel Dominguez Guerra)


Nunca fui un neurótico y si al final lo fui

jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado

de túneles, balcones y otras despedidas

que marcaban el suspenso de un corazón

a quien el recuerdo de ventanas carcomía

no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas

sino porque se canta lo que se muerde y así

palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa

del mismo exacto modo que resulta

vivir injusto

o sufrir inútil.

Mas aunque se canta

lo que se muerde

algunas veces pienso

que en vez de ir levantando acta

de lo que con el tiempo va muriendo

quizá debería haber intentado

con nostalgias y fulgores construir

unos tapices lo suficientemente amables

como para que pudiera por ellos pasearse

sin congojas la mirada.

¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?

Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras voces,

hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más

que por no perder la dignidad del todo, mi poesía

sólo puede valer lo que mi vida.


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