
I. DESCANSOS EN UN CAMINO
... y seguía en el "camino de fuga y sigue":
... Horas de espera, pensamientos rotos. Trajín de maletas. Gente con prisa, gente tranquila, gente cansada, gente acostumbrada. Abrazos de recibida, besos de despedida, besos sin pudor, besos acalorados, besos de conveniencia. Lágrimas incontroladas, lágrimas furtivas, lágrimas sin agua. Ojos que miran, ojos que leen, ojos que buscan, ojos que duermen. Ruidos, conversaciones, bisbiseos, murmullos, y voz de altavoz que recuerda: «atención: próxima salida...».
El reloj marca los cuartos y la gente remira su muñeca ¡ya falta menos! Se llega, se parte, y siempre se espera. Al descender la escalerilla del avión, la vi. Celia estaba en la terraza, apoyada en la balaustrada y agitando el brazo en señal de saludo. Era pleno verano, pero no fue sólo el efecto de los rayos del sol lo que me hizo sentir aquel calor.
Mi latir se aceleró y tuve miedo de que los demás pasajeros se asustaran al oír el sonido de mi corazón, que retumbaba como un tambor.
Al traspasar la puerta de acceso al vestíbulo, fui corriendo hacia ella para abrazarla. ¡Qué guapa estaba! Muy morena, sonriente, ¿distante? con un brillo en los ojos que me enamoraba. No quiso que el abrazo se eternizara delante de tanta gente y me invitó a salir rápidamente de allí.
Al subir a su coche volví a besarla. Tampoco esta vez duró mucho. Experimentaba tantas sensaciones que no podía decir nada. Me sentía inmensamente contento de estar a su lado y quería que ella me hablara, que me dijera algo de lo que yo quería oír; que despejara de mí las pequeñas dudas que alguna vez me habían asaltado, que me confirmara que nada serio había ocurrido durante mi ausencia, que lo que comentaba en una carta no había dejado secuelas.
Ella conducía, sonreía y no hablaba.
II. PASOS
No quiero levantarme, voy a pasarme el día tumbado en la cama. Me ausentaré de mí mismo y me hundiré en el nuevo día con los ojos cerrados.
No quiero ver a nadie ni que nadie vea cómo me desfiguro, cómo me pierdo en un nombre y recorro sus cinco letras sin poder salir de ahí.
¿Por qué te fuiste Celia? Soy como un perro persiguiendo un olor que me ahoga, que me envuelve y me retiene atado a la cama que tú dejaste vacía. No he cambiado las sábanas; aún conservan el aroma que me ha hecho prisionero, y cubro el vacío que dejaste en ellas con ríos de agua que manan de mi interior.
¿Qué pasó Celia? ¿Cuándo empecé a perderte? ¿Dónde te encontrarás? Te quiero y sé que no puede ser, que NO DEBE SER ASÍ. Tengo que renunciar a tenerte, a besarte, a estrujarnos; a perderme cada noche en tu interior; a contemplar tu cara y beber de tus labios; a lamer todo tu cuerpo, a sentirme todo tuyo. ¿Qué es lo que ocurrió, Celia, para que te fueras de mí? Necesito saber.
Me arrancaré el estómago si me sigue doliendo y me quedaré abrazado a la sombra que tu cuerpo dejó en la cama hasta que aparezcas tú, pero no me pondré en pie para nadie, no quiero andar sin tí. Seguiré aquí, esperando tu regreso. Llámame y cuéntame lo que haces, con quien estás, si estás bien, si todo sale como querías. ¡Te quiero tanto! Tampoco tú olvidarás fácilmente los años compartidos ni los lugares visitados, ni los sueños que vivimos las noches de luna llena, ni el color de mi mirada cuanto te veía a ti.
Bebo mucho vino. Nos gustaba llevarnos una botella a la habitación todas las noches y beber algunos vasos a la luz de la luna, desnudos, sedientos de cuerpo los dos. Las últimas gotas se caían en tu cuello ¿recuerdas? Mi lengua te lo limpiaba, lo sorbía, y el vino grababa un regalo de color rojo-morado-azul en tu carne que reflejaba el espejo al despertarte y nos arrancaba la risa cuando, después, antes de salir a la calle, tú lo envolvías con un pañuelo de seda guardándolo para ti sola, decías.
Hoy voy por mi sexto vaso y no me río.
El vino tiene un gusto diferente y el vaso me recuerda un cáliz.
Las sábanas parecen manchadas de sangre.
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