
Un día, D. Salvador, el profesor de la sonrisa constante, departía su clase de Geografía. Una alumna comenzó a hacer ademanes y muecas exageradas.
Todos los compañeros estábamos más pendientes de ella que del maestro.Emitía resoplidos, parecía estar próxima al ahogo… D. Salvador dejó de explicar y revestido de paciencia preguntó
- ¿Mujer, qué te pasa ahora?
Ella respondió casi llorando- Que me duele el corazón…
Toda el aula rompió en risas, más por sus gestos que por sus palabras.
- Hija mía… el corazón no duele…
Con el tiempo he comprobado que el admirado maestro era un experto en Geografía; pero, se equivocaba en esto. El corazón si duele. Duele mucho. Es frágil y hay que mimarlo en demasía. Mas, también he percibido que cuando en verdad hemos de preocuparnos seriamente, es cuando, tras recibir un desengaño, una noticia grave, un revés… el corazón no refleja el golpe; ya que este, es tan fuerte, tan profundo, que lo traspasa… y el veneno impacta directamente contra el alma…El espíritu se resiente de otra manera.
Se duele sin latidos, sin estridencias. En silencio. Una úlcera abierta y difícil de sanar. Infinitamente más lacerante que todas las heridas que parapeta el corazón…Esa escena, la de aquella mañana en clase, la tengo en mi memoria grabada desde hace treinta y dos años.
Es la típica estampa, con sonido, que se queda por una razón u otra cincelada en la cabeza.
La he reproducido en mi mente en múltiples ocasiones y hoy quería dejarla plasmada en el papel.
Muchas veces, al sufrir un golpe y sentir como me estallaba el pecho, me he acordado de la conversación maestro, alumna
…Y por supuesto, a mi edad, también he padecido el otro sufrimiento, el más oscuro, el más denso, el que nos deja la sangre helada…el dolor de alma…
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