17 mayo, 2007

Corriendo van por la Vega



Corriendo van por la vega

a las puertas de Granada

hasta cuarenta gomeles

y el capitán que los manda.


Al entrar en la ciudad,

parando su yegua blanca, l

e dijo éste a una mujer

que entre sus brazos lloraba:


«Enjuga el llanto, cristiana

no me atormentes así,

que tengo yo, mi sultana,

un nuevo Edén para ti.


Tengo un palacio en Granada,

tengo jardines y flores,

tengo una fuente dorada

con más de cien surtidores,


y en la vega del Genil

tengo parda fortaleza,

que será reina entre mil

cuando encierre tu belleza.


Y sobre toda una orilla

extiendo mi señorío;

ni en Córdoba ni en Sevilla

hay un parque como el mio.


Allí la altiva palmera

y el encendido granado,

junto a la frondosa higuera,

cubren el valle y collado.


Allí el robusto nogal,

allí el nópalo amarillo,

allí el sombrío moralc

recen al pie del castillo.


Y olmos tengo en mi alameda

que hasta el cielo se levantan

y en redes de plata y seda

tengo pájaros que cantan.



Y tú mi sultana eres,

que desiertos mis salones

están, mi harén sin mujeres,

mis oídos sin canciones.


Yo te daré terciopelos

y perfumes orientales;

de Grecia te traeré velos

y de Cachemira chales.


Y te dará blancas plumas

para que adornes tu frente,

más blanca que las espumas

de nuestros mares de Oriente.


Y perlas para el cabello,

y baños para el calor,

y collares para el cuello;

para los labios... ¡amor!»



«¿Qué me valen tus riquezas

-respondióle la cristiana-,

si me quitas a mi padre,

mis amigos y mis damas?


Vuélveme, vuélveme, moro

a mi padre y a mi patria,

que mis torres de León

valen más que tu Granada.»


Escuchóla en paz el moro,

y manoseando su barba,

dijo como quien medita,

en la mejilla una lágrima:


«Si tus castillos mejores

que nuestros jardines son,

y son más bellas tus flores,

por ser tuyas, en León,


y tú diste tus amores

a alguno de tus guerreros,

hurí del Edén, no llores;

vete con tus caballeros.»


Y dándole su caballo

y la mitad de su guardia,

el capitán de los moros

volvió en silencio la espalda.


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